Nunca he visto un banquete semejante. Los lacedemonios estaban encantadores; y nosotros, después de beber, discretísimos.
CORO DE VIEJOS.
Tienes razón, porque en ayunas desvariamos. Por lo cual, si los atenienses me creyesen, deberíamos de ir siempre beodos a todas las embajadas. ¿Entramos sin beber en Lacedemonia? Pues ya solo buscamos motivos de discordia: no oímos lo que se nos dice: lo que no se nos dice nos inspira sospechas; y al dar cuenta de lo ocurrido desnaturalizamos los hechos. Pero hoy estábamos de tan buen talante que, si hubiesen cantado el escolio de Telamón[710] en vez del de Clitágora, hubiéramos aplaudido, dispuestos al perjurio.
EL CRIADO.
¿Ya vuelven otra vez? Largo de aquí, grandísimos desollados.
EL CURIOSO.
Por fin salen los convidados.
EL LACEDEMONIO.
Queridísimo amigo, coge las flautas para que yo baile y cante en honor de los atenienses y de nosotros mismos.