Es verdad; me alegré mucho a la noticia de la muerte de Darío;[322] y el coro palmoteó al punto, exclamando: ¡Victoria!
ESQUILO.
Estos son los asuntos que deben tratar los poetas. Considerad, si no, qué servicios prestaron los más ilustres desde la antigüedad más remota: Orfeo[323] nos enseñó las iniciaciones y el horror al homicidio; Museo,[324] los remedios de las enfermedades y los oráculos; Hesíodo, la agricultura y el tiempo de las sementeras y recolecciones;[325] y al divino Homero, ¿de dónde le ha venido tanta gloria, sino de haber enseñado cosas útiles, la estrategia, las virtudes bélicas y la profesión de las armas?
BACO.
Sin embargo, no ha podido instruir en nada al architonto de Pantacles;[326] hace poco debía de ir al frente de una procesión, y después de haberse atado el casco, se acordó de que no le había puesto la cimera.
ESQUILO.
En cambio ha educado a otros mil valientes, entre ellos el héroe Lámaco.[327] Inspirándose en él mi fantasía, representó las hazañas de los Patroclos[328] y los Teucros,[329] bravos como leones, para excitar a imitarlos a todos los ciudadanos en cuanto resuena el bélico clarín. Nunca puse en escena Fedras ni impúdicas Estenebeas;[330] y nadie podrá decir que he pintado en mis versos una mujer enamorada.[331]
EURÍPIDES.
Es verdad, jamás has conocido a Venus.
ESQUILO.