MUJER PRIMERA.

Pero no lo diré.

PRAXÁGORA.

Bueno es que no te acostumbres.

«Cuando deliberábamos sobre la alianza,[433] todo el mundo decía que era inminente la perdición de la república si no se llegaba a hacer: hízose por fin, y todo el mundo lo llevó tan a mal que el orador que la había aconsejado huyó y no ha vuelto a parecer.[434] Es necesario armar naves —sostienen los pobres. —No es necesario —opinan los labradores y los ricos. —¿Os indisponéis con los corintios? Ellos os pagan en la misma moneda. Ahora, pues, que los tenéis amigos, sedlo vosotros también. El argivo es ignorante; pero Hierónimo es un sabio.[435] ¿Asoma una ligera esperanza de salvación?[436] En seguida la rechazáis... Ni el mismo Trasíbulo[437] si fuese llamado...

· · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · ·»[438]

MUJER PRIMERA.

¡Qué hombre tan hábil!

PRAXÁGORA.

Ese elogio ya está en regla. «¡Tú, oh pueblo, eres la causa de todos estos males! Pues te haces pagar un sueldo de los fondos del Estado, con lo cual cada uno mira solo a su particular provecho, y la cosa pública anda cojeando como Ésimo.[439] Pero si me atendéis, aún podéis salvaros. Mi opinión es que debe entregarse a las mujeres el gobierno de la ciudad, ya que son intendentes y administradores de nuestras casas.»