Ha habido en el Pnix una concurrencia de hombres como no hay memoria. Al verles, les tomamos a todos por zapateros,[463] pues solo se veían rostros blancos en aquella muchedumbre que llenaba la asamblea; por eso no he cobrado el trióbolo, y como yo, otros muchos.
BLÉPIRO.
¿De suerte que yo tampoco lo cobraría aunque fuera?
CREMES.
No, por cierto; aunque hubieses ido al segundo canto del gallo.
BLÉPIRO.
¡Infeliz de mí! «¡Oh Antíloco! Llórame más vivo sin el trióbolo que muerto con él: perdido soy.»[464] ¿Pero por qué acudió esa multitud tan temprano?
CREMES.
Los Pritáneos habían resuelto abrir un debate sobre el medio de salvar la república. Al instante se plantó el primero en la tribuna el legañoso Neóclides,[465] y al punto gritó el pueblo en masa (ya puedes figurarte con qué fuerza): «¿No es una indignidad que, tratándose de la salvación de la república, se atreva a arengarnos ese que ni siquiera ha podido salvar sus pestañas?» Entonces Neóclides, replicando y mirando en derredor: «¿Pues qué debía hacer?»,[466] ha dicho.
BLÉPIRO.