CIUDADANO PRIMERO.
Ya lo creo, ¡como que me causó poco perjuicio aquella maldita moneda! Con la venta de mis uvas me había llenado la boca de monedas de cobre, y me dirigí al mercado a comprar harina: tenía ya abierto el saco, para recibirla, cuando, hete aquí que el pregonero grita: «Nadie debe recibir en adelante la moneda de cobre; solo será corriente la de plata.»[500]
CIUDADANO SEGUNDO.
Y hace poco, ¿no jurábamos todos que el impuesto de la cuadragésima, ideado por Eurípides,[501] proporcionaría quinientos talentos al Estado? No había quien no pusiese en las nubes al inventor; pero cuando, vista la cosa con detenimiento, se comprendió que era, como suele decirse: «la Corinto de Júpiter»,[502] y que no producía nada, todo el mundo se desató contra Eurípides.
CIUDADANO PRIMERO.
Las circunstancias han variado. Entonces gobernábamos nosotros, y ahora las mujeres.
CIUDADANO SEGUNDO.
¡Por Neptuno, ya tendré buen cuidado de que no se orinen en mis barbas!
CIUDADANO PRIMERO.
No sé qué sandeces dices. — Esclavo, cárgate ese fardo.