LA JOVEN.

He engañado a la maldita vieja. Se retiró, creyendo que yo me iba a estar en casa.

VIEJA PRIMERA.

Es el mismo, el mismo de quien hablamos. — Ven acá, dueño mío, ven a pasar la noche entre mis brazos. Los bucles de tus cabellos me tienen loca de amor; una pasión frenética arde en mi pecho y me consume. Oye mis súplicas, Cupido, y haz que venga a compartir mi tálamo.

EL JOVEN.

Ven acá, ven acá, baja a abrir la puerta, si no quieres verme morir en su dintel. ¡Oh amada mía! quiero embriagarme con tus caricias.[516] ¡Oh Venus! ¿Por qué me inspiras este frenético deseo? — Oye mis súplicas, Cupido, y haz que venga a compartir mi tálamo. ¡Qué impotente es la palabra para pintar mi pasión! Abre la puerta, dulce amiga: estréchame entre tus brazos; pon fin a mi tormento. Ídolo mío, hija de Venus, abeja de las Musas, alumna de la gracia, vivo retrato del placer,[517] abre la puerta, estréchame entre tus brazos; pon fin a mi tormento.

VIEJA PRIMERA.

¡Eh, tú! ¿Por qué llamas? ¿Me buscas?

EL JOVEN.

No.