LA POBREZA.

Es que, según tu propio sistema, no habrá ningún mercader de esclavos. ¿Qué hombre rico arriesgará su vida en semejante tráfico? Por consiguiente, viéndote obligado a cavar la tierra y a otros trabajos igualmente penosos, pasarás una vida mucho más angustiada.

CREMILO.

¡Ojalá la pases tú!

LA POBREZA.

No podrás dormir sobre una cama, porque no las habrá; ni sobre colchas, ¿quién querrá tejerlas sobrándole el oro? Cuando te cases con una hermosa joven, no tendrás ni esencias para perfumarla, ni trajes ricos en colores y bordados con que vestirla. ¿De qué servirá, pues, la riqueza, careciendo de todas estas cosas? Por el contrario, gracias a mí, tenéis a mano cuanto os hace falta. Yo soy una adusta señora que con el temor de la indigencia y del hambre obligo al artífice a ganarse la vida.

CREMILO.

¿Qué cosa buena puedes darnos tú, como no sean quemaduras en los baños,[589] y turbas de chiquillos, y viejecitas hambrientas, y nubes infinitas de chinches, pulgas y piojos que, pululando con molesto zumbido sobre nuestra cabeza, nos despiertan gritando: «Tendrás hambre, pero levántate»? Y además, por vestido unos jirones; por lecho, un jergón de junco, plagado de chinches, enemigas del sueño; por colcha, una estera podrida; por almohada, una piedra grande; por pan, raíces de malvas; por pasteles, hojas de rábanos secos; por escabel, la tapa de una tinaja rota; por artesa, las costillas de una cuba, y para eso rajada. ¿No quedan perfectamente enumerados los bienes que proporcionas a los hombres?

LA POBREZA.

No has descrito mi vida, sino la de los mendigos.