Pero, bribón, ¿cómo podías verlo si estabas tapado?
CARIÓN.
Por los agujeros del manto, que no son pocos a fe mía. Lo primero que preparó fue un ungüento para Neóclides; puso en el matraz tres cabezas de ajos de Tenos,[608] y las majó mezclándolas goma y cebollas albarranas; humedeció la masa con vinagre de Esfeto,[609] y se la aplicó al paciente sobre los ojos, habiéndole vuelto antes los párpados para que fuese el dolor más vivo. Neóclides grita, aúlla, salta del lecho y quiere huir; pero el dios le dijo sonriendo: «Quédate ahí con tu ungüento; así no podrás presentarte en la asamblea y hacerla cómplice de tus perjurios.»
LA MUJER.
¡Qué amante de la república y qué discreto es ese dios!
CARIÓN.
Después se sentó junto al lecho de Pluto: tocole primero la cabeza; luego le limpió los párpados con un lienzo muy fino; Panacea le cubrió el cráneo y toda la cara con un velo de púrpura; por último, Esculapio silbó, y dos inmensas serpientes se lanzaron del fondo del santuario.
LA MUJER.
¡Soberanos dioses!
CARIÓN.