Mica infortunada, ¿quién te ha quitado tu hija?[114] ¿Quién te ha arrebatado esa idolatrada criatura?

MUJER SEXTA.

Ese infame. Ya que estás aquí, guárdalo bien, en tanto que yo voy con Clístenes a denunciar sus crímenes a los Pritáneos.


MNESÍLOCO.

¡Ah! ¿Cómo salvarme? ¿Qué intentaré? ¿Qué imaginaré? El autor de todos mis males, el que me metió en este desventurado negocio, no se presenta todavía. Veamos: ¿cómo podré enviarle un aviso?... ¡Ah! Palamedes[115] me enseña un expediente ingenioso. Escribiré, como él, mi infortunio en un remo, y lo arrojaré al mar. Pero aquí no hay remos. ¿Dónde podré encontrarlos? ¿Dónde? ¡Qué idea! ¿Si hiciese astillas esas estatuas, y escribiese en ellas como si fuesen remos?... Sí, será mucho mejor. Al fin, estatuas y remos todo es madera. Ea, manos mías, emprended la obra de salvación. Tablillas pulimentadas, nuncios de mi infortunio, aprestaos a recibir las huellas del estilo. — ¡Oh! ¡Qué R tan fea! ¿Adónde va a parar? — Partid ya en todas direcciones; apresuraos, tablillas mías, que mi necesidad es apremiante.


CORO.

Volvámonos hacia los espectadores para cantar nuestras propias alabanzas, aunque todo el mundo hable mal de nosotras y nos llame peste[116] del género humano, y causa de cuantos pleitos, riñas, sediciones, guerras y pesares existen. Pero decidnos: Si somos una peste, ¿por qué os casáis con nosotras? Si somos una peste, ¿por qué nos prohibís salir de casa y asomarnos a las ventanas? Si somos una peste, ¿por qué si sale vuestra mujer y no la encontráis en casa os enfurecéis como energúmenos, en vez de regocijaros y dar gracias a los dioses de que la peste haya abandonado vuestro hogar y de que estáis ya libres de huésped tan enojoso? Si cansadas de jugar nos dormimos en casa de una amiga, en seguida vais a buscar a vuestra peste, y rondáis en torno de su lecho. Si nos asomamos a la ventana, todo el mundo se detiene a ver la peste; si ruborizadas nos retiramos, aumenta el deseo de que la peste vuelva a presentarse. Está, pues, fuera de duda que somos mucho mejores que vosotros, como lo prueba el más ligero examen. Comparemos, si no, los dos sexos, y veamos cuál es peor: vosotros decís que el nuestro, y nosotras que el vuestro. Examinémoslos y pongámoslos en parangón, oponiendo uno a uno, hombres y mujeres. Carmino[117] es inferior a Nausímaca; los hechos son elocuentes. Cleofón[118] está muy por debajo de Salabacca. Con Aristómaca, la heroína de Maratón, ni con Estratónice,[119] hace mucho tiempo que nadie se atreve a contender. Entre los senadores que el año último abandonaron a otros sus cargos, ¿habrá alguno que pueda compararse con Eubula?[120] Ni ellos mismos se atreverían. Podemos, pues, gloriarnos de ser mucho mejores que los hombres. Tampoco se ve a ninguna mujer pasearse por la ciudad en un carro magnífico después de haber robado cincuenta talentos al Tesoro; nuestros mayores hurtos son de un poco de trigo a nuestro esposo, y para eso se lo devolvemos en el mismo día. ¿Cuántos de vosotros pudiéramos señalar que hacen otro tanto y que son también más glotones que nosotras, y chocarreros y ladrones de vestidos y de esclavos? ¿Cuántos que ni siquiera saben cómo las mujeres conservan la herencia paterna? Nosotras, en efecto, tenemos todavía nuestros cilindros, nuestras lanzaderas, nuestros canastillos y quitasoles; al paso que muchos de nuestros maridos han perdido unos sus lanzas, el asta y el hierro a la vez, y otros han arrojado en el combate sus escudos.

Muchísimos cargos podemos hacer las mujeres a los hombres, pero solo mencionaremos el más grave de todos. Era justo que cuando una de nosotras diera a luz un ciudadano útil, un taxiarco[121] o un estratega,[122] fuese honrada con alguna distinción, como, por ejemplo, la de ocupar el primer puesto en las Estenias,[123] las Esciras,[124] y otras fiestas que solemos celebrar. Por el contrario, la madre de un ciudadano cobarde e inútil, de un trierarca holgazán, o de un piloto imperito debería colocarse con el cabello cortado detrás de la que dio a luz un hombre valeroso. Porque, decidme, ciudadanos, ¿no es injusto de veras que junto a la madre de Lámaco[125] se siente la de Hipérbolo,[126] vestida de blanco y flotante el cabello, y que siga prestando a usura, cuando sus deudores, en vez de pagarle el interés,[127] debieran decirle, llevándose el dinero: «¡Vaya, que eres digna de que se te pague después de habernos parido tal alhaja!»?