CORO.

Ea, divirtámonos, como es mujeril costumbre cuando celebramos los misterios de las diosas, en estos festivos días que Pauson[145] santifica con ayunos, rogando a las dos venerables que los multipliquen en consideración a su persona.

Lanzaos con pie ligero; formad ruedas; enlazad vuestras manos; saltad acompasadamente, con vivos y cadenciosos movimientos; girad los ojos en torno y mirad a todas partes. Al propio tiempo celebre el coro, con trasportes de religiosa alegría, a la raza de los dioses celestiales.

¡Cuán engañado está quien se imagine que, porque soy mujer, voy a hablar mal de los hombres en el templo! Solo tratamos de ejecutar por primera vez, como el baile lo exige, una armoniosa rueda.

Partid, cantando al dios de la sonora lira, y a la casta deidad, armada del arco.[146] ¡Salve, Apolo de rápidas flechas, danos la victoria! Tributemos un justo homenaje a Juno, directora de todas las danzas, guarda de las llaves del dulce himeneo.

Mercurio, dios de los pastores, Pan, y vosotras, amadas Ninfas, conceded a los coros una sonrisa benévola.

Ea, partamos con nuevos bríos, y animémonos con vivos palmoteos. Divirtámonos, oh mujeres, según es costumbre, y guardemos absoluto ayuno. Vuélvete ahora hacia ese otro lado; marca el compás con el pie, y entona variados cánticos. Guíanos tú, Baco, coronado de hiedra, pues en mis cantos y danzas te celebro a ti. ¡Oh Evio! ¡Oh Dionisio! ¡Oh Bromio,[147] hijo de Semele!, que te complaces en mezclarte en las montañas a los coros de las amables Ninfas, concluyendo tus himnos con el alegre ¡Evios! ¡Evios! ¡Evohé! — Eco, la Ninfa del Citerón, repite tus acentos, que resuenan bajo las opacas bóvedas del espeso follaje, y entre los peñascos de la selva; en torno de ti, la hiedra enlaza sus ramos, cargados de flores.


EL ARQUERO.

Vas a pasar la pena negra, aquí, al aire libre.[148]