EL ARQUERO.
¿Quieres más todavía?
MNESÍLOCO.
¡Ay! que el cielo te confunda.
EL ARQUERO.
Cállate, pobre viejo. Voy a traer una estera, para guardarte con comodidad.[149]
MNESÍLOCO.
¡Estos son los placeres que tengo que agradecer a Eurípides!... Pero, ¡oh dioses y Júpiter salvador!, aún tengo esperanzas. Parece que no piensa abandonarme...
Perseo al desaparecer me indicó disimuladamente que me fingiese Andrómeda;[150] ya estoy atado como aquella princesa infeliz. No hay duda que vendrá a salvarme; de otro modo no hubiera huido volando.[151]