EURÍPIDES. (Fingiéndose Perseo.)
Ninfas amadas, si pudiera acercarme sin que el escita me viera... ¿Me oyes tú, moradora de los antros?[152] En nombre del pudor, permíteme acercarme a mi esposa.
MNESÍLOCO.[153]
¡Un implacable verdugo ha encadenado al más infeliz de los mortales! Logró escapar a duras penas de aquella repugnante vieja, y caí en un nuevo infortunio: ese escita no se aparta de mi lado: desprovisto de toda defensa, voy a servir de banquete a los cuervos. ¿Lo veis? Ya no tomo parte en los coros de las doncellas, ni llevo el cestillo de los sufragios; cargada de prisiones, me veo expuesta a la voracidad de la ballena Gláucetes.[154]
¡Mujeres, deplorad mi suerte con el himno de la esclavitud, y no con el del himeneo! ¡Ay, que me agobian infinitos males!... ¡Infeliz, infeliz de mí... e infeliz por mis parientes! Presa de tormentos injustos, mis ayes son capaces de arrancar torrentes de lágrimas al insensible Tártaro. ¡Ay, ay! Socórreme, autor de mis males, tú, que me rapaste primero y me enviaste después vestido de amarilla túnica al templo donde estaban reunidas las mujeres. ¡Oh hado inexorable! ¡Oh cruel destino! ¿Quién podrá ver sin compadecerse mi espantosa desdicha? ¡Ojalá los rayos deslumbradores del Éter me aniquilen... a ese bárbaro![155] Porque ya no me es grato contemplar la eterna luz, desde que colgado, estrangulado, loco de dolor, desciendo por el camino más corto a la mansión de los muertos.
EURÍPIDES. (Fingiéndose la ninfa Eco.)
¡Salud, hija querida! ¡Que los dioses confundan a tu padre Cefeo,[156] que te ha expuesto de ese modo!
MNESÍLOCO. (Fingiéndose Andrómeda.)
¿Quién eres tú que así te compadeces de mis males?