EL ARQUERO.
Míralo bien; ¿te parece todavía una doncella?[160]
EURÍPIDES.
Escita, dame la mano, para que me acerque a esa joven. Todos los hombres tenemos nuestro flaco; el mío es estar enamorado de esa virgen.
EL ARQUERO.
No te envidio el gusto. Puedes hacer de él lo que quieras, sin que tenga celos.
EURÍPIDES.
¿Por qué no me permites desatarla, y arrojarme en los brazos y en el tálamo de una esposa querida?
EL ARQUERO.
Si tan furiosamente adoras a ese anciano, esa tabla no debe ser obstáculo a tus deseos.[161]