—Caballero, ¿sabe V. qué hora es?

Volvime, sin saber a quién se dirigía la pregunta, y me hallé enfrente de un hombre no muy alto, de barba y pelo cenicientos, de facciones afiladas, que me miraba con unos ojos pequeños y hundidos, y de color indefinible, esperando, a no dudarlo, mi respuesta. Como el reloj era de niquel, eché mano de él, sin temor de mostrarlo, y le dije:

—Las siete y veinte minutos.

—Todavía esperaremos más de un cuarto de hora—repuso el hombre reflejando disgusto en su fisonomía. Yo me encogí de hombros con indiferencia, y alcé los ojos al cielo, quiero decir, a la rubia.

—¡Oh, conozco bien a esos señores!—prosiguió.—¡No me darán chasco, no!... Dicen que a las siete y media saldrá el primero pa el campo... Pues ya verá V. cómo han de ser las ocho menos cuarto bien largas...

Me volví con alguna mayor curiosidad a mirar a aquel hombre, y confieso que me causó repugnancia. Sin ser un monstruo por lo feo, éralo bastante, y sobre todo, formaba contraste notable con la rubia que se cernía sobre mi cabeza. Estaba pobremente vestido, de capa y gorra, como los artesanos de Madrid, y debía de hallarse entre los cincuenta o sesenta años de edad. Pude observarle bien, porque no me miraba: sus ojos exploraban con avidez los contornos de la prisión.

—¡Puercos, tunantes!—exclamó con irritación y sin mirarme, como si hablase consigo mismo.—¡Mire V. que estar un hombre ayer toda la tarde, espera que te espera, para salir al fin con que no era posible verlos! Que el Gobernador no quería que se les molestase... ¿Y qué tiene ya que mandar el Gobernador sobre ellos?... Un hombre, cuando le van a dar mulé, hace lo que le da la gana, menos escaparse... Además, que no se les molesta... al contrario... lo que les hace falta es un poco de distraición y beber unas copas con tranquilidad... ¿Han de estar todo el día rodeaos de paño negro?... Con media hora pa confesarse y otra media pa decir el «yo pecador», y recibir, y arrepentirse, queda un hombre al sol.

Como, después de todo, hablaba conmigo, por más que no me mirase, quise demostrarle que le escuchaba, y le pregunté:

—¿Cuál de los dos sale primero?

—El viejo, el viejo—repuso en tono firme—. Cuando el otro llegue allá, ya le habrán despachado a él. Hasta ahora es el que ha tenido más pecho... Paece mentira, ¿no es verdad? El chico me han dicho que está medio acabao. ¡Vaya un papanatas! ¡Como si por cantar la gallina le dejasen de apretar el gañote! Lo que debe tener un hombre ante todo es dirnidad, mucha dirnidad, y morir como Dios manda, sin dar que decir a la gente.