—Pero ya ve usted que eso no se puede remediar: unos son valientes y otros cobardes—repliqué en tono de mal humor.

—Estamos en eso, caballero... Pero un hombre siempre es un hombre...

—Verdad.

—Y los hombres se portan como hombres.

—También verdad.

—Y cuando no hay más remedio, hay que aguantar la mecha, tener paciencia, y barajar, y decir: «Pues, señor, otros han ido antes que yo, y otros vendrán también». Mire usted, caballero: yo he visto a una mujer... ya ve usted que una mujer no es lo mismo que un hombre.

—Cierto.

—La he visto morir mejor que si fuese un hombre... Usted también la habrá visto... hablo de la Vicenta...

—¿Qué Vicenta?

—La Vicenta Sobrino.