—No, no la he visto.
—Es verdad que usted es joven—repuso mirándome de arriba abajo—; pero bien pudieron haberle traído aunque fuese chico... Aquí se aprende mucho...
—No vivía en Madrid.
—¡Ay, caballero! Pues en los pueblos estas cosas se ven pocas veces... No es lo mismo que aquí, donde casi todos los años tenemos un espetáculo, cuando no son dos o tres. Aquí se aprende a tener corazón y a ver lo que es el mundo... Pues, como le decía, la Vicenta era mujer que valía lo que pesaba... ¡tenía más agallas que un tiburón!... La verdad es que daba gusto verla tan serena; porque, al fin, siempre es una fatiga ver a una persona humana dando diente con diente y poniendo los ojos de carnero degollao... Yo he visto de todo... Mire V.; a la Bernaola la han tenido que subir a puñaos... y a muchos hombres también, no vaya V. a creerse. He visitado yo a algunos en la capilla, que paecía que se tragaban a medio Madrid; mucha copa de vino, mucha cháchara y mucho jaleo, y cuando llegó la hora de ser hombres, hincharon el hocico haciendo pucheritos como los niños de escuela.
Mi interlocutor hablaba siempre con los ojos clavados en la puerta del Saladero. No muy lejos de ella se promovió una reyerta entre los curiosos y los agentes de orden público, que hizo retroceder y ondular a la muchedumbre. Nosotros sentimos, aunque no muy fuerte, el efecto de esta agitación. El hombre de la capa exclamó:
—¡No puedo resistir a estos del orden!... ¡Mire V. qué modo de tratar al pueblo! No paece más que ellos son los que nos dan permiso pa ver el espetáculo!
—Se me figura, dije yo, que va a salir el reo.
—¡Ca! No, señor, no tenga V. cuidado; hasta las ocho menos cuarto en punto no hay quien los menee. Echan un cuarto de hora pa llegar al campo; pero ¡buen cuarto de hora te dé Dios! El campo no está aquí a la vuelta; y como van a paso de carreta... ¿Qué hora es, caballero? Hágame el favor de mirar el reló.
—Las ocho menos veinticinco.
Una mujer dijo a nuestra espalda en voz alta: