Es agraciada y simpática más que hermosa; la tez morena, los ojos rasgados y negros, lo más bonito de su rostro; la boca un poco grande, pero fresca con dentadura admirable. Está vestida de dama del tiempo de Luis XV, con una peluca blanca que le sienta a maravilla. No toma parte apenas en la conversación. Parece muy satisfecha con escuchar solamente, girando sin cesar sus ojos serenos de uno a otro interlocutor y sonriendo a menudo cuando se dirigen a ella.

Al llegar a cierto punto, se oye la voz del traspunte.

—Señorita Clotilde, cuando V. guste...

—Vamos allá—dice levantándose.

Se dirige al espejo, se da los últimos toques a las cejas y pestañas con el pincel, arregla con mano un poco nerviosa los tirabuzones de la peluca, la cruz de brillantes que lleva al cuello y los pliegues del vestido. Sus amigos guardan un instante silencio y contemplan estas maniobras distraídamente.

—Señores, hasta luego.

Y sale del cuarto seguida de su doncella, que le lleva recogida la cola, una espléndida cola de raso color crema.

—¡Cada día va estando más linda esta Clotilde!—dice el estudiante del doctorado, dejando escapar un imperceptible suspiro.

D. Jerónimo da una enorme chupada al cigarro y queda envuelto instantáneamente en una nube de humo. Por eso nadie advierte la sonrisa de triunfo con que acoge la observación.

—A mí también me parece más bonita cada día—dice otro tertulio;—pero creo que se ha modificado mucho su genio de algún tiempo a esta parte... Usted, pollo, no la ha conocido como nosotros... Era una loquita encantadora, ¡tan alegre! ¡tan traviesa!... Nadie podía estar a su lado de mal humor... Ahora la encuentro grave, triste casi siempre...