—Es verdad que me ha chocado la melancolía que hay en sus ojos...

D. Jerónimo dio otra enorme chupada al cigarro. Nadie vio el relámpago de ira que pasó por su rostro.

—Estos cambios, pollo, solamente los opera el amor.

—¿Algún novio?

—Eso... D. Jerónimo conoce bien la historia...

—Voy a contarla—dijo sordamente aquél desde el fondo de su embozo,—y crean ustedes que no es plato de gusto contar estas niñerías... Pero se trata de una chica a quien todos queremos y cuanto a ella se refiere debe interesarnos.

Hará cosa de tres años se presentó al director de este teatro un joven elegantemente vestido, con el manuscrito de un drama bajo el brazo. No hay nada en el mundo más imponente y aterrador que un joven bien vestido que lleva debajo del brazo el manuscrito de un drama. El director procuró escurrir el bulto, le dio algunos quiebros con maestría y varios pases, pero al fin fue cogido en la misma cuna; quiero decir, que el joven le convidó un día a almorzar, le llevó engolosinado ofreciéndole la perspectiva de unas cuantas docenas de ostras empapadas en Sauterne, y como postre le descerrajó el drama a quema ropa.

El drama era efectivamente un tiro. Pepe hizo lo que ustedes saben que se hace en estos casos; se admiró profundamente de la versificación, dijo ¡bravo! al llegar a ciertos pensamientos enrevesados, y por último propuso algunas reformitas en el acto segundo, con las cuales quedaría la obra que ni pintada.

El poeta incauto se fue a su casa muy complacido y se puso a trabajar con ardor en las reformas. Al cabo de quince días volvió a presentarse a Pepe; pero éste halló entonces el acto primero un poco lánguido y le aconsejó que a todo trance le diera más movimiento y lo acortase un poquito. En mover el acto primero tardó el poeta un mes: cuando se presentó de nuevo, el director, mostrándose muy admirado siempre de la versificación y de algunos pensamientos, manifestó algunas dudas respecto a que la obra fuese teatral. Que fuese literaria no tenía ninguna, al contrario, le parecía que en ese concepto podía competir con las mejores de Ayala... pero teatral... realmente teatral... eso ya era otra cosa.

—¿Qué diferencia es esa, D. Jerónimo?... No entiendo...