—Pues se la explicaré a V., pollo. Llamamos entre bastidores, teatrales a las obras buenas y literarias a las malas.

—¡Ah!

Después de manifestar estas dudas, concluyó por proponer otras cuantas reformitas en el acto tercero.

Al fin el poeta comprendió, cosa verdaderamente maravillosa, porque los poetas, que todo lo comprenden, que saben por qué vuela tan alto el cóndor, ascienden a los cielos y bajan a los abismos y penetran el sentido íntimo de todas las cosas creadas, no son capaces de entender que sus obras a veces no gustan a los que las escuchan. Nuestro joven, a quien llamaremos Inocencio, recogió no poco mohíno su manuscrito y estuvo algún tiempo sin dar cuenta de sí; mas al fin, sin duda después de haber meditado profundamente, se presentó cierta mañana en casa de Clotilde. Excuso decirles a ustedes que llevaba el manuscrito debajo del brazo.

Esperó con paciencia en la sala a que nuestra amiga hiciese su toilette, y cuando ésta se presentó al cabo, vio delante de sí a un joven ruboroso, confundido, pero simpático y elegante, que la rogó con labio balbuciente le otorgase el favor de escuchar la lectura de un drama. Deben ustedes saber que a las mujeres les gusta mucho ejercer protectorados, muy singularmente sobre los jóvenes simpáticos y elegantes; así que no les sorprenderá que Clotilde escuchase con paciencia el drama y hasta lo hallase muy aceptable. El joven se confió a ella enteramente, depositando en sus hermosas manos el manuscrito, cual si fuese un niño recién nacido, y ella lo recogió como madre cariñosa y lo tomó bajo su amparo, prometiendo velar por su preciosa existencia y presentarlo en el mundo. El joven manifestó que esa resolución era digna de un noble corazón cuya fama había llegado ya a sus oídos. Clotilde contestó que no era bondad de su parte el trabajar porque el drama se representase, sino un acto de justicia. El joven dijo que le halagaba muchísimo esa idea, porque el inmenso talento de Clotilde y el acierto de sus juicios estaban bien reconocidos por todos, pero que no osaba forjarse tal ilusión. Clotilde declaró que había muchas reputaciones usurpadas en el mundo y que una de ellas era la suya, pero que en esta ocasión creía estar en lo firme. El joven replicó que cuando el río suena, agua lleva, y que cuando todo el mundo se empeña en admirar no sólo la singular belleza y la inspiración artística de una persona, sino también su claro ingenio y su brillante ilustración, era necesario bajar la cabeza. Clotilde dijo que no la bajaría en esta ocasión porque estaba bien persuadida de que el mundo se engañaba mucho acerca de lo que llamaba su talento y que no era otra cosa que un puro instinto. El joven puso el grito en el cielo contra esta mistificación, que no tenía absolutamente ninguna razón de ser; pero dulcificándose de pronto, mostrose profundamente conmovido ante la modestia de su protectora, y juró por todos los santos del cielo que jamás había conocido otra semejante. En fin, que el manuscrito fue ganando por momentos terreno en el corazón de nuestra simpática amiga, y que el joven se despidió de ella, embargado por la emoción, hasta el día siguiente.

Al día siguiente Clotilde se presentó al empresario y le arrancó, mediante la amenaza de rescindir el contrato, la promesa de llevar a la escena lo más pronto posible el drama de Inocencio. Este dio las gracias aquella misma tarde a su protectora y la hizo además su confidente. Pertenecía a una familia distinguida de provincia, aunque sin grandes recursos de fortuna; a probarla había venido él a Madrid, confiado únicamente en su ingenio. En el pueblo decían que tenía talento, y que si publicase en Madrid los versos que había insertado en El Eco del Tajo, hablarían de él como de Núñez de Arce y Grilo: no sabía si esto era cierto, pero sentía su corazón lleno de nobles propósitos, y amaba al teatro más que a las niñas de sus ojos. ¿Llegaría a ser un Ayala o un Tamayo? ¿Sería rechazado por el público? Era un misterio inextricable para él.

En esta sesión Clotilde averiguó dos cosas importantísimas; a saber: que Inocencio tenía un talento que no le cabía en la cabeza y que no había en Madrid quien se pusiera con más gracia la chalina. Excuso decirles que menudearon las sesiones confidenciales, y como resultado de ellas, que Clotilde sufrió todos los días la influencia fascinadora de esta chalina sobrenatural; a la postre se declaró vencida, entregándose a ella atada de pies y manos. La chalina se dignó alzarla del suelo y otorgarle la merced de su cariño.

—¿Cómo la chalina?—preguntó uno que dormitaba.

Don Jerónimo dio una inmensa, infernal chupada al cigarro en testimonio de desagrado, y prosiguió sin hacer caso:

—Por entonces empezaron los ensayos del drama de Inocencio, que se titulaba, si mal no recuerdo Subir bajando;... callen ustedes, me parece que era al revés; Bajar subiendo... En fin, de todos modos, era un gerundio y un infinitivo. Yo vi en seguida que se habían entablado relaciones amorosas entre nuestra amiga y el autor, y como realmente, por más que Inocencio fuese un mal poeta, según los informes de Pepe, parecía un buen muchacho, me alegré de ellas y las alenté en lo que pude. Clotilde se confesó conmigo, declarándome que estaba perdidamente enamorada; que sus aspiraciones ya no tenían nada que ver con el arte escénico, el cual le parecía una esclavitud insoportable; que su ideal era vivir tranquilamente, aunque fuese en una guardilla, unida al hombre que adoraba; que la mujer había nacido para ser el ángel custodio del hogar y no para divertir al público, y que estimaba ella más el reinar en una humilde vivienda iluminada por el amor que todos los aplausos de la tierra. En fin, caballeros, nuestra amiga se encontraba en pleno idilio.