Inocencio no estaba menos enamorado, al parecer. A menudo los encontraba paseando por los parajes solitarios del Retiro, a distancia respetable de la mamá, que se detenía oportunamente a contemplar los primeros botones de las flores o algún insecto curioso: las mamás, en esta época de crisis marital, tienen la obligación de ser admiradoras de las obras de la naturaleza. La parejita de tórtolas se detenía al verme y me saludaba ruborizada. No les puedo ocultar a ustedes, que aunque lo sentía por el arte, me alegraba de que Clotilde se casara: la mujer siempre necesita el amparo del hombre. Y lo cierto es, que eran dignos el uno del otro por la figura: Inocencio tenía una presencia muy simpática.
En el teatro no se hablaba de otra cosa más que de este matrimonio en ciernes. Todo el mundo se alegraba, porque Clotilde es la única artista desde el principio del mundo, que ha llevado a cabo la empresa, hasta ahora juzgada insuperable, de hacerse querer de sus compañeras.
Observé, no obstante... ya saben ustedes que soy observador; es la única cualidad que tengo; la observación, a la cual no dan importancia los autores ahora; hoy todo es hojarasca en los dramas, muchos rayos de luna, que se quiebran al pasar por el follaje de los árboles, mucha descripción de alboradas y crepúsculos, muchos símiles retorcidos... ¡Todo eso es!... Cuando algún autorcillo me viene con tales monadas yo le digo: ¡al grano, al grano!... El grano es el drama, que no existe en la mayor parte de los idem...
—¿Se enfada V., D. Jerónimo?
—Pues, como decía a ustedes, observé, que según los ensayos iban adelantando, crecía el ascendiente de Inocencio sobre nuestra amiga. El tono en que se dirigía a ella ya no era el humilde y cortesano del principio: corregíala a menudo en la manera de decir, señalábala las actitudes y el gesto que debía adoptar, y a veces, cuando la actriz no comprendía bien sus deseos, llegaba a dirigirla públicamente palabras severas y miradas más severas aún. Nuestro poeta tronaba y relampagueaba ya como amo y señor. Clotilde lo aceptaba de buen grado: ella tan desdeñosa con los autores más eminentes, se estiraba y se encogía ahora como blanda cera en las manos de este muñeco insulso. Era de ver la humildad con que aceptaba sus correcciones, y la inquietud que la causaban las censuras: mientras duraba el ensayo tenía los ojos puestos constantemente en él, espiando como esclava sumisa los deseos de su dueño. El poeta, arrellanado en una butaca, con el brasero delante, dirigía la escena en la forma dictatorial que pudiera hacerlo García Gutiérrez o Ayala: una mirada suya bastaba para ruborizar o poner pálida a Clotilde: los demás no protestaban por respeto a ella. Cuando salía de la escena, venía presurosa a sentarse al lado de su novio, que se dignaba acogerla a veces con una sonrisa soberana, otras con indiferencia olímpica. Yo estaba escandalizado.
Una vez me acerqué por detrás y escuché lo que hablaban. Clotilde llevaba la palabra sosteniendo con calor que el Subir bajando o el Bajar subiendo de Inocencio era mejor que Un drama nuevo. El joven se defendía débilmente. Otra vez hablaba acerca de su futuro enlace. Clotilde pintaba con frase apasionada el retiro donde irían a esconder su felicidad: un cuarto alto del barrio de Salamanca, lleno de luz, un nido risueño donde Inocencio trabajaría en su despacho, escribiendo comedias, mientras ella bordaría a su lado en el mayor silencio: cuando se fatigase, charlarían un instante para descansar y después le daría un beso y emprendería de nuevo su tarea: por la noche saldrían cogidos del brazo a dar una vuelta y a casa otra vez: nada de teatro; lo aborrecía con toda el alma: en la primavera irían a pasear por las mañanas al Retiro y tomarían chocolate entre los árboles; en el verano a pasar un mes o dos a la provincia de Inocencio a proveerse en el campo de buen color y de salud para el invierno.
La descripción de este tierno idilio, que a mí, con ser machucho, me hacía bailar el corazón dentro del pecho, no producía en el autor novel más que una impertinente soñolencia que sólo desaparecía repentinamente cuando dirigía con voz imperiosa alguna advertencia a los cómicos.
Llegó, por fin, el día del estreno. Todos estábamos ansiosos por ver el resultado: la opinión corriente era que el drama ofrecía poco de particular; pero como Clotilde había puesto en el desempeño toda su alma, teníase como seguro un gran éxito. En el ensayo general nuestra amiga había hecho verdaderos prodigios: hubo un instante en que los pocos curiosos que asistíamos a él nos levantamos electrizados, convulsos, gritando desaforadamente. No pueden ustedes figurarse qué a maravilla decía su parte. Entonces me vino de golpe una idea a la cabeza: relacionando todas mis observaciones sobre los amores de Clotilde me convencí hasta la evidencia de que Inocencio al enamorarla no se había propuesto otra cosa que adquirir una interpretación excepcional para el papel de la protagonista de su drama y asegurar el éxito lisonjero de esta suerte. No quise comunicar mis sospechas a nadie; callé y esperé; pero declaro que el chico me fue desde entonces muy antipático.
El ruido que los amigos de Inocencio habían hecho con motivo del drama, el haberlo elegido Clotilde para su beneficio y la voz esparcida de que la célebre actriz iba a obtener en él un triunfo señaladísimo hizo que los revendedores expendiesen todas las localidades a precios fabulosos: conozco un marqués que dio once duros por dos butacas. Este cuarto donde nos hallamos se llenó, como todos los años, de flores y baratijas; no se podía andar en medio de tanta chuchería de porcelana, libros preciosamente encuadernados, estuches de ébano, marcos de retrato y un sin fin de objetos de bazar.
La sala estaba brillante: las damas más encopetadas, los hombres ilustres de la política, la literatura y la banca; en fin, la high life, como ahora se dice. Pero más brillante y más radiante estaba aún Inocencio; radiante de gloria y felicidad, recibiendo con agrado a cuantas personas venían a ver los regalos, dictando órdenes a los traspuntes y tramoyistas para el conveniente decorado de la escena y multiplicando las sonrisas y los apretones de mano hasta lo infinito. Clotilde, igualmente, aparecía más bella que nunca, revelando en su rostro expresivo la dulce emoción que la embargaba y el ansia de ganar laureles para su dueño.