Abriose el telón, y todos se fueron a ocupar sus asientos. En las cajas sólo nos quedamos el autor y cuatro o seis amigos. Las primeras escenas fueron como siempre recibidas con indiferencia; las segundas con algún agrado; la versificación era fluida y elegante, y el público, como ustedes saben, se paga de las frasecillas de bombonera. Llegó el momento de entrar Clotilde en las tablas y hubo en el público un murmullo de curiosidad y expectación. Dijo su parte discretamente, pero sin gran calor, se adivinaba que estaba poseída de miedo. Bajó el telón en silencio.

Al instante poblose el saloncillo y los pasillos de amigos de Inocencio, que venían presurosos a decirle que la exposición de su drama era lindísima.—¿Pero qué tiene Clotilde?... Apenas se mueve en la escena... ¡ella tan viva y tan suelta!—Nuestra amiga confesaba, en efecto, que había sentido mucho miedo y que esto la embarazaba extremadamente. El autor, sobresaltado por el éxito de su obra, trataba de persuadirla a que abandonara todo temor, que se mostrase como ella era y que no pensase para nada en él, mientras dijese los parlamentos.—No puedo remediarlo, contestaba Clotilde, estoy hablando y pienso al mismo tiempo en que eres tú el autor y me imagino que no va a gustar el drama y me asusto.—Inocencio se desesperaba; dirigíale ruegos, advertencias, argumentos, la acariciaba, sin tener en cuenta que le veían: trataba de infundirle valor, excitando su amor propio de artista; en fin, hacía todo lo imaginable para salvar su obra.

Dio comienzo el acto segundo. Clotilde tenía algunas escenas patéticas: al comenzarlas se produjo un poco de ruido en el público y esto bastó para que se desconcertase y lo hiciese rematadamente mal, como nunca lo había hecho en su vida. Oyéronse no pocas toses y fuertes murmullos de impaciencia. Al finalizar el acto, algunos amigos indiscretos quisieron aplaudir, pero el público se les vino encima con un inmenso y aterrador chicheo. El autor, que estaba a mi lado, pálido como un muerto, se desahogó con algunas palabrotas groseras y se fue al cuarto de Pepe en vez de el de Clotilde, donde sus amiguitos le consolaron, echando la culpa del fracaso a aquélla y encendiendo más y más la ira que rebosaba de su corazón. Mientras tanto, nuestra pobre amiga se encontraba muy afectada y abatida, preguntando a cada instante por su Inocencio. Yo, para no afligirla más, le dije que el autor lo había tomado con resignación y se había salido del teatro a respirar un poco el fresco. La infeliz se revolvía contra sí misma echándose toda la culpa.

Se alzó el telón para el acto tercero: todos acudimos a las cajas con afán. Clotilde se mostró al principio, por un esfuerzo poderoso de la voluntad, más serena que antes; pero ya la gente se encontraba dispuesta a la broma y no valió ningún recurso para ponerla seria. El público, cuando presiente el jaleo, es lo mismo que una fiera cuando huele la sangre: no hay quien lo ataje, y es necesario darle carne a toda costa. Y la verdad es, que en aquella ocasión se cebó de lo lindo; toses, risas, estornudos, patadas, silbidos; de todo hubo. A nuestra pobre amiga se le saltaron las lágrimas y estuvo a punto de desmayarse. Cuando bajó el telón buscó con la vista a su amante, pero había desaparecido. En el cuarto, a donde yo la seguí, gimió, pateó, se desesperó, se llamó estúpida, dijo que se iba a marchar a una aldea a cuidar gallinas, etc., etc. Me costó mucho trabajo sosegarla, pero al fin lo conseguí, si bien quedó en un gran abatimiento. En la tristeza que sus ojos revelaban, advertí que le atormentaba horriblemente la desaparición de Inocencio.

La puerta del cuarto se abrió repentinamente; el poeta silbado se presentó; estaba pálido, pero tranquilo al parecer: a primera vista comprendí, no obstante, que aquella tranquilidad era ficticia y que la sonrisa que contraía sus labios tenía mucha semejanza con la de los ajusticiados que quieren morir serenos.

Un relámpago de alegría iluminó el semblante de Clotilde: alzose velozmente y le echó los brazos al cuello, diciéndole con voz conmovida:

—¡Te he perdido, mi pobre Inocencio, te he perdido!... ¡Qué generoso eres!... Pero mira... yo te juro, por la memoria de mi padre, que te he de desquitar de la humillación que acabas de sufrir...

—No hace falta que me desquites, querida—repuso el poeta con tono sosegado, donde se advertía la ira desdeñosa,—mi familia no ha conquistado un nombre ilustre por la intercesión de ningún cómico; renuncio desde ahora, de buen grado, al teatro y a todo lo que con él se relaciona... Con que... hasta la vista.

Y separando nuevamente los brazos que le aprisionaban y sonriendo sarcásticamente, retrocedió algunos pasos y se fue. Clotilde le miró estupefacta: después cayó desmayada en el diván.

Al verla en tal estado se me encendió la sangre y salí detrás del chico: alcancele cerca de la escalera, y agarrándole por la muñeca le dije: