El sueldo con que en el colegio remuneraban sus buenos oficios, no pasaba de veinte duros mensuales; y como no se le conocía otro, pues no había podido recabar retiro, según se decía, a causa de sus peligrosas opiniones, teníase por seguro que con las cien pesetas se mantenía a sí y a su familia; el cómo no he de decirlo ahora, aunque bien lo sé; lo reservo para otra ocasión. Tienen el ahorro y la frugalidad héroes tan grandes y admirables como los de la guerra de Troya y tan dignos de ser pintados; mas como les faltan Homeros y Virgilios, viven y mueren oscuros y quedan sepultadas eternamente sus hazañas. Entre dar la muerte a Héctor (teniendo fuerzas para ello) y vivir en Madrid con cuatrocientos reales al mes, manteniendo mujer e hijos, vistiendo decentemente y no debiendo un cuarto a nadie, lo segundo es infinitamente más maravilloso. Digo, pues, que a D. León no se le conocieron en la vida más que un par de botas, unos pantalones de color de ceniza muy sufridos, una levita y un enorme sombrero de copa, todo ello tan limpio, tan planchado y reluciente que siempre pareció que acababa de salir de la tienda. Cierto día en que se celebraba el santo del director, un criado, azorado en demasía, dejó caer sobre nuestro profesor una bandeja de vasos llenos de vino tinto. Todo el mundo se preguntó: ¿En qué traje veremos a D. León mañana? Mas al día siguiente, con grande admiración y sorpresa del colegio, apareció con la misma levita, más fresca y más galana que nunca lo había sido. Por esta y otras razones se la llamó la levita del desierto; porque segundaba el milagro de los israelitas viajando por los desiertos de la Arabia durante cuarenta años, sin menoscabo de sus vestidos.
Aunque pudiera ponerse en tela de juicio la solidez y extensión de sus conocimientos literarios, bien puedo asegurar sin rebozo que nadie aventajaba a D. León en amor y decidida inclinación a las letras, y en particular a las clásicas: las modernas y románticas teníalas en poco. Rayaba en locura el entusiasmo con que hablaba de los grandes poetas de la antigüedad, y la fruición con que los leía en los Trozos escogidos. Decía del griego que era la lengua más rica, flexible y armoniosa que hubiera existido, y que las modernas, tales como el francés, el italiano, el alemán, no eran sino dialectos rudos y primitivos comparados con ella, lo cual era tanto más meritorio cuanto que D. León sólo conocía del griego las declinaciones y tal cual palabra desperdigada, como Zeos (Júpiter), oicos (cosa), logos (tratado), eros (amor), y así hasta unas tres o cuatro docenas; en cuanto a los idiomas modernos tenía a mucha honra el no saber más que el patrio. Sentía un desprecio sin límites hacia su compañero el profesor de francés que una hora antes que él ponía clase en la misma aula y que era de origen marsellés, marido, a la sazón, de una corsetera de la calle de la Luna, antiguo barítono de opereta bufa, que había dejado el canto por debilidad del pecho. Cuando se tropezaban en la puerta, D. León le miraba desde lo alto de su clasicismo y le decía sonriendo: bon jour monsieur, con acento que rebosaba de ironía. «Estos franchutes, decía al tiempo de sentarse, son todos afeminados; no sirven más que para tenores y bailarines.» Amaba la virilidad y la energía en sus discípulos y gustaba de que tuviesen rasgos de independencia, aunque fuese a expensas de la disciplina: cuando un muchacho sufría impasible los golpes y se negaba por terquedad a ejecutar cualquier cosa, esto era lo que le encantaba a don León. «¡Bien, hombre, bien! exclamaba, así me gusta; los hombres no deben llorar aunque se vean con las tripas en la mano; has faltado a la obediencia pero has sufrido el castigo con entereza; a tí no te hubieran arrojado en Esparta de la roca como a otras mujerzuelas que hay en la clase!» Y echaba miradas de soberano desdén a ciertos individuos. Si quisiera vérsele encendido, colérico, fuera de sí, no había más que traer alguna esencia en el pañuelo o la cabeza perfumada con algún aceite; así que llegaba a su nariz el malhadado perfume, ya se le subía la sangre a la cabeza, marchaba derecho hacia el culpable, y después de alborotarle los cabellos, le molía los cascos a coscorrones. «¡Corrompido! (un coscorrón). ¡Desgraciado! (otro coscorrón)... ¡Con que en vez de estudiar su lección se entrega V. a la molicie! (¡zas!)... No sabe V. que yo quiero en mi clase hombres y no cortesanas, eh? (coscorrón). Los romanos de la república, los que vencieron a los germanos y a los galos, y a los escytas, y a los parthos, y destruyeron a Cartago, no se daban con ungüentos (¡zas!...) pero los vasallos envilecidos de Calígula y Nerón gastaban las riquezas que sus mayores les habían adquirido en tarros de pomadas, en aceites olorosos, y se dejaban vencer por los extranjeros y azotar por los tiranos (¡zas!). Hijos míos (dirigiéndose a nosotros), huyan ustedes de los afeites, no se dejen aprisionar por la molicie, por los placeres muelles que afeminan y debilitan. Un pueblo vigoroso es un pueblo libre... Vamos a ver, siga V. hijo mío... habeo, transitivo...»
No gustaba de que le diesen la traducción literal de los pasajes culminantes; antes se complacía en que sus discípulos hallasen modo de trasladarlos a nuestro idioma sin hacerles perder de su vigor y galanura. Por ejemplo, traduciendo en Tito Libio, el episodio del combate habido entre Horacios y Curiacios al llegar al punto en que el autor dice que el último Horacio tiró al suelo a su adversario, D. León no quiso pasar por la interpretación ajustada al texto que un alumno le daba. «No, no, eso de tirar al suelo es muy poco; busque V. otra frase más enérgica.—Le volcó en tierra.—Tampoco, eso es muy flojo... algo más duro.—Le tiró rodando por el suelo.—¡Más fuerte, más fuerte aún!» El muchacho no hallaba nada más fuerte que echarle a uno a rodar; no obstante se aventuró a decir: «Le estrelló contra el suelo. ¡Más fuerte todavía!... Sí, hombre, sí, más fuerte... ¡Le hi-zo-mor-der-el-pol-vo!» Y recalcó de tal manera las sílabas que, en efecto, no podía darse nada más feroz e imponente que esta frase en sus labios.
Traduciendo la famosa catilinaria de Cicerón que comienza con aquel exabrupto:
Quousque tandem abutere, Catilina, patientiâ nostrâ, nadie consiguió darle gusto: todos los hallaba tímidos, encogidos, cobardes, al pronunciar los vehementes ataques del Senador romano: «Hijos, para comprender bien lo que sería este modelo de exabruptos en boca del príncipe de los oradores, es preciso figurarse la indignación y la cólera que se apoderaría de él al ver entrar por las puertas del Senado a su más encarnizado enemigo, al procaz y libertino Catilina; es preciso verle dar un salto en la silla, levantarse descompuesto, el rostro pálido, los cabellos en desorden, la mirada fulgurante. Si ustedes no se colocan con la fantasía (que, como ustedes saben, es la facultad de reproducir mentalmente las imágenes de los objetos sensibles) no conseguirán nada... Vamos a ver, venga usted acá—dijo tomando a un muchacho entre sus hercúleos brazos y poniéndole de pie sobre la mesa.—Ahora eche fuego por los ojos y espuma por la boca, grite usted, enciéndase usted, mueva usted los brazos en todos sentidos y estremézcase usted de cólera y rabia... ¡Vamos, hombre, vamos...! ¡Quosque tandem!»
El pobre chico no pudo encolerizarse por más que hacía, lo cual le valió algunos razonables coscorrones. Fue necesario que el mismo don León tomase la palabra y dijese a grandes voces el trozo, acompañándose de furiosos ademanes. Nosotros sentimos el terror de lo patético, cosa que lisonjeó mucho al profesor, y muy singularmente nos conmovimos al observar que la mesa se resquebrajaba con un tremendo puñetazo.
Su castidad igualaba, si no excedía, a su energía. Le ofendían, sobre todo encarecimiento, las palabras y las canciones deshonestas. Cuando en los poetas latinos llegaba a un pasaje algún tanto subido de color, o lo pasaba por alto o lo velaba por medio de una interpretación de todo en todo infiel. Siempre recordaré que al traducir la elegía de Ovidio que empieza: Cum subit illius tristisima noctis imago, llegando a un punto en que el poeta cuenta en qué forma se despidió de su esposa, y dice que tocando ya en la puerta los pies, se negaban a marchar; y
Sæpe vale dicto, rursus sum multa locutus,
Et quasi discedens oscula summa dedi,
traduje el pasaje a la letra, diciendo: «Dicho muchas veces el último adiós, todavía me volví a hablarle, y casi separándome la cubrí de besos.»
Don León, ruborizado, extendió los brazos exclamando: «¡No, hijo mío, no! Y al tiempo de separarme la di el ósculo de paz.» También recuerdo que en cierta ocasión, habiendo sorprendido en un discípulo un ademán obsceno, cayó sobre él exclamando: «¡Infame, todavía no estamos en Sodoma y en Gomorra!» Y por poco le despedaza.