Finalmente, en estas y otras cualidades guardaba el buen profesor muchos puntos de semejanza con el elefante. Yo, aunque nada tuviese de común con este animal por mi figura menudísima, conseguí caerle en gracia, merced a una cierta entereza de que estaba dotado y a mi mucha aplicación. Estimó en mí cualidades que no tenía, y creyó sinceramente que estaba llamado a ocupar un alto puesto en las letras. Por aquella época, habiendo encargado una composición en décimas a toda la clase, la mía logró despuntar sobre las demás. Tributome por ella desmedidos elogios, y con tal motivo engendrose en mí la afición de escribir versos, que tarde o nunca me dejó. Don León se encargaba de corregirlos y señalar las figuras que iba cometiendo sin saberlo. «Mire usted, hijo mío, al llamar al rocío líquidas perlas comete usted una metáfora, muy linda por cierto. Eso que usted dice de la aurora que con sus dedos rosados abre las puertas del firmamento, es ya una alegoría, o lo que es igual, una metáfora continuada... ¿A que no sabe usted qué figura comete cuando dice al terminar la composición?
¡Triste suerte, cruel, parca inhumana
sumió a mi alma en duelo y amargura!»
Efectivamente, no lo sabía. Don León me miraba con aspecto triunfal.—¿No lo acierta usted...? Pues comete usted un epifonema, un verdadero epifonema (exclamación profunda que se hace después de narrada, descrita o probada una cosa). Cuando entramos en mayor confianza, el profesor me manifestó secretamente que él también había escrito versos en su juventud, y que aún los escribía cuando le soplaba la musa, si bien nunca había osado publicarlos con su firma. No tardó, como es consiguiente, en leérmelos, encerrándose para ello previamente en un cuarto retirado, donde a su sabor descargó la conciencia del grave cargo de ciento y tantas composiciones en todos los metros imaginables, aunque sus predilectos eran los sáficos y adónicos. Los dísticos, compuestos de exámetros y pentámetros, también le gustaban sobremodo. Pero de la que estaba más orgulloso y la que le había valido, al decir de él, infinitas enhorabuenas, era un cierto poema dedicado al desafío de dos íntimos amigos suyos, fatal para el uno de ellos, pues el contrario le había atravesado el vientre de un balazo. Creyendo necesario ponerme en antecedentes, me dijo que estos tales amigos se hallaban una tarde en el café de Levante platicando apaciblemente con él y otros varios, y que habiendo girado la conversación sobre varios temas, vino a parar, como tal vez solía acontecer, a los toros, y que haciendo uno el panegírico acabado de la plaza de Valencia, notable por su amplitud y solidez, otro manifestó inmediatamente que la tal plaza era un patio de vecindad comparada con la de Córdoba, a lo cual replicó el primero que mirase bien lo que decía, porque la plaza de Valencia tenía fama en todo el orbe. Empeñose una discusión viva y acalorada; tanto más acalorada, cuanto que el que sostenía las ventajas de la plaza de Córdoba no conocía la de Valencia, y viceversa; el defensor de la de Valencia nunca había visto la de Córdoba, y bien sabido es que cuando faltan razones, sobran siempre gritos. En resumen: la disputa subió tanto, que llegó en forma de bofetadas a las mejillas de los contendientes. Pusiéronse los amigos de por medio, alborotose el café, rompiéronse algunos vasos: al día siguiente de madrugada efectuábase el duelo más allá de la Fuente Castellana, y el campeón de la de Córdoba caía al suelo revolcándose en su propia sangre. Este lance desgraciado causó una penosa impresión en don León por tratarse de dos amigos igualmente queridos, y bajo el sentimiento que le produjo escribió la composición que he mencionado, donde menudeaban los signos de admiración, los puntos suspensivos, las amargas reflexiones y los gritos de dolor, todo ello sostenido en un tono severo y digno, como el de las elegías clásicas. Siempre tengo en la memoria el acento dolorido con que don León me recitaba aquellos versos salidos del alma:
¡Qué falta de cordura!
¡Qué sobra de imprudencia!
¡Adoptar desventura!
¡Desechar avenencia!
No hay para qué decir que yo celebraba mucho los versos de don León: juzgábalos sinceramente bellos; mas, aunque así no fuese, el respeto me obligaría a ponerlos sobre la cabeza. En cambio, don León acogía con indulgencia y agrado los primeros vagidos de mi musa: escuchábalos atentamente y los proponía, como dignos de imitarse, a los discípulos. No pocas veces, leyéndole alguna composición, se sintió interesado vivamente hasta el punto de acercar más la silla, inclinar el cuerpo y exclamar con vehemencia: «¡Prosiga, querido, que me deleita!»
Pronto se estrecharon nuestras relaciones de tal suerte que vinimos a ser más bien amigos y camaradas que profesor y discípulo. Don León depositó en mi seno, que contaba a la sazón catorce o quince años, una muchedumbre de secretos que le atormentaban, casi todos pecuniarios, lo mismo que había depositado todos sus versos; me nombró pasante de la clase y me otorgó otra porción de testimonios de aprecio. Al cabo estas relaciones, conservándose no obstante la buena amistad, se rompieron bruscamente. He aquí de qué modo:
Era el año mil ochocientos cincuenta y cuatro. Don León no pareció un día por el colegio, lo cual causó cierta sorpresa al director, pues en los años que llevaba de enseñanza no había estado indispuesto una sola vez. Al día siguiente tampoco vino, y pensando pudiera hallarse enfermo le pasó un recado; pero don León no estaba en su casa, lo que le sorprendió todavía más. Al otro amaneció Madrid obstruido de barricadas, las casas atrancadas; patrullas de soldados y ciudadanos armados por las calles y ruido incesante de fusilería; muchos gritos subversivos, como dicen los bandos de las autoridades, y mucho jaleo, como dicen los que se paran a leerlos. Había estallado la gorda. ¡Quién pensaba en matemáticas, retórica y psicología en el colegio! Los muchachos celebramos el cataclismo como un acontecimiento fausto, corríamos por los pasillos brincando de alegría, nos comunicábamos en voz baja noticias a cual más estupendas, y mirábamos por los balcones lo que pasaba en la calle, cuando la vigilancia de los superiores lo consentía. Un criado vino diciendo, ya bien entrada la mañana, que D. León se estaba batiendo en las barricadas y que mandaba una fuerza considerable, cuya nueva cayó como una bomba en el colegio, produciendo gran perturbación y sobresalto, ya que no sorpresa, entre los alumnos. El profesor León adquirió entre nosotros en aquel mismo punto un maravilloso prestigio, se levantó ante nuestros ojos con talla colosal y no poco se arrepintieron algunos de haberle denigrado apodándole el Camello y haciendo chacota de su levita. Todo se volvió ensalzar su valor y sus fuerzas y entregarse a mil gratos comentarios acerca de su próxima victoria: uno que se jactaba de tener buen olfato decía que algo había presumido al no verle los días anteriores en el colegio, otro aseguraba que si vencía la revolución el capellán D. Jerónimo lo iba a pasar muy mal porque había declarado la guerra sin motivo a D. León. Mareábamos al criado que trajo la noticia con un sin fin de preguntas: queríamos que nos informase de todos los pormenores, y el pobre sólo sabía por referencia que el profesor se hallaba hacia la calle de Toledo mandando una barricada. El director se había encerrado en su cuarto; el capellán había desaparecido; algunos aseguraban que estaba metido entre colchones con un canguelo que no le llegaba la camisa al cuerpo. Reinaba dulce indisciplina en el colegio.
En esto, a mí y a otros dos compañeros nos vino la idea de fugarnos y marchar a ponernos a las órdenes de D. León. Dicho y hecho; espiamos las vueltas del inspector, bajamos quedito las escaleras, abrimos la puerta con cuidado, y ¡pies para qué os quiero! nos dimos a correr hacia la Puerta del Sol sin volver la cara atrás. Las calles presentaban un aspecto siniestro, casi todas solitarias, los balcones de las casas herméticamente cerrados, en las esquinas algunos centinelas con el fusil terciado; los pocos transeúntes que veíamos cruzaban velozmente, con ánimo, sin duda, de guarecerse en su casa lo más pronto posible, y sólo se detenían trémulos ante el «¿quién vive?» del soldado. La Puerta del Sol estaba ocupada militarmente; muchos soldados, muchos cañones y al mismo tiempo mucho silencio: la gresca andaba por los barrios bajos. Tuvimos que dar un gran rodeo para llegar a ellos, cosa que no hubiéramos conseguido si en vez de niños fuésemos hombres; mas nuestra corta edad nos salvaba de toda detención y reconocimiento, pensando los soldados que andábamos buenamente en busca de la casa. Llegados a la plaza de Antón Martín pisamos terreno revolucionario: veíase una muchedumbre de paisanos trabajando con afán en levantar una formidable barricada; patrullas y grupos de hombres armados entraban y salían en la plaza por sus bocacalles; las casas estaban fortificadas. Uno de nosotros se acercó a preguntar a un obrero de luenga barba, que iba armado con carabina de caza, por D. León. «D. León... D. León... ¿qué se yo quién diablos es D. León?»—dijo sin detenerse;—y volviéndose a los pocos pasos, exclamó en tono áspero: «¡Eh, chiquillos, metéos pronto en casa, no vaya a suceder una desgracia!» Los tres alumnos del colegio del Salvador seguimos por la calle de la Magdalena hasta la plaza del Progreso. Allí volvimos a preguntar por D. León: tampoco nos dieron noticia, pero un chulo compasivo nos dijo: «Venid conmigo, si queréis; ¿no decís que debe de estar en las barricadas de la calle de Toledo? Pues apretad el paso, que yo voy hacia allá.» Al llegar a esta calle tratamos igualmente de informarnos, y también fue en vano; mas en la plaza de la Cebada, al preguntar a un grupo de hombres, todos armados de carabinas, que había delante de una taberna, nos replicó uno de ellos: «¿Ese D. León que manda una barricada, es alto, de bigotes blancos?»—Sí, señor.—«¡Toma—dijo volviéndose a sus compañeros—pues si es el general León!» Quedamos maravillados y pedimos con afán ser presentados a él. El mismo interlocutor nos condujo a otra taberna que allí cerca estaba, y entrando por ella hallamos en la trastienda, rodeado de una docena de chulos y gañanes, a nuestro profesor, con un kepis de miliciano en la cabeza, faja encarnada de general, sable y botas de montar; pero con la misma levita.
Recibiónos con gran alborozo, nos hizo servir dulces, y como cosa extraordinaria y propia de las batallas, un poco de vino; mas de ningún modo consintió en darnos las armas que le pedíamos. Nos contó cómo había rechazado en la Cava Baja con veintisiete hombres a dos compañías de cazadores, y de qué forma estaba dispuesto a «rendir el último suspiro en holocausto de la libertad». Los chulos que tenía a sus órdenes le llamaban «mi general», cosa que nos tenía encantados, por más que no nos pareciese muy en su lugar que los simples soldados bebiesen en la misma copa que el general y discutiesen con él los planes de campaña.
Al parecer, tratábase de secundar el movimiento de las tropas revolucionarias que iban a atacar el palacio de la Reja. El general reunió en la taberna hasta treinta hombres mejor o peor armados, y echándoles una arenga, donde puso a los «césares y dictadores» por los pies de los caballos, se dispuso a salir con su «valerosa legión» a clavar «el puñal de Bruto en el corazón del tirano». Los chulos no entendieron bien, pero bebieron una copa y se echaron de nuevo a la calle. El general dio orden al tabernero de que nos hiciese conducir con las debidas precauciones al colegio tan pronto como cesase el fuego.