Los chicos corrían, corrían siempre gritando furiosamente, y yo los seguía jadeante: la hoguera de mi entusiasmo se iba apagando a medida que entraba en calor. Aquel enjambre de Abejas científicas y literarias que zumbaba por los sitios céntricos no despertaba simpatía en el público; al contrario, todos las huían, cual si temiesen que les clavasen el aguijón. En la calle de Carretas, un caballero gordo con barba de cazo compró un ejemplar. Me sentí enternecido; de buen grado le hubiese dado un abrazo; no se me olvidó jamás la fisonomía de aquel hombre. Más tarde me acometió el deseo vanidoso de distinguirme entre mis compañeros: llamé a tres o cuatro muchachos que me conocían por haber recibido el periódico de mis manos, y les ordené que gritaran: «El primer número de La Abeja, con la defensa de la política de Felipe II en los Países Bajos.» Contra lo que imaginaba, tampoco causó efecto el nuevo pregón: solamente advertí que un grupo de jóvenes venía riendo y soltando chistes groseros a propósito de los Países Bajos, lo que me obligó a revocar la orden.

Lastimado por la frialdad del público, que no sabía a qué atribuir, no me acordé de ir a almorzar: tan pronto la achacaba a la poca o ninguna afición que hay en España a la literatura, como a la falta de anuncios: unas veces pensaba que en la primavera no es conveniente fundar periódicos; otras me entregaba a la superstición imaginando que no debimos comenzar a imprimir el nuestro en martes. Vi que mucha gente compraba una revista de toros y loterías, y esto me sugirió un sin fin de amargas consideraciones. Cansado, molido y triste me retiré a casa después de vagar cuatro o cinco horas por las calles: al pasar por la Puerta del Sol oí pregonar La Abeja a cuarto.—«¡Ah, tunante!—grité ciego de cólera, sacudiendo a un chiquillo por el cuello—bien se conoce que a tí no te ha costado nada!»—Aquella rebaja de precio me parecía una vergonzosa degradación.

Aunque la ilustrada redacción de La Abeja experimentó notable desengaño, no por eso desmayó. Pudo más en sus dignos individuos el noble deseo de la gloria que el afán de lucro. Habíamos gastado algunos cuartos, es verdad, pero en cambio habíamos salido a la luz de la publicidad y visto nuestros pensamientos en letras de molde y con la firma al pie. Para que el segundo número se imprimiese fue necesario repartir un nuevo dividendo pasivo a los socios, que se impusieron con gusto este sacrificio pecuniario.

No fue más afortunado el segundo número de La Abeja en su aspecto económico: los chicos persistían en la idea funesta de no soltar un cuarto por aquel periódico; si querían dárselo de balde, bueno; si no, queden ustedes con Dios.

El amor a la gloria venció de nuevo al sórdido interés, y lo entregamos graciosamente a los desvergonzados pilluelos, que se reían de nuestra inexperiencia.

Tales sacrificios estaban compensados por ciertos deleites no comprendidos sino de quien los haya experimentado. El primer deleite, el de considerarse escritor público, que lleva envuelta la idea de maestro y director de la opinión, y por consecuencia el respeto de la gente. Cuando entrábamos en los cafés, y colgadas del armario del expendedor de periódicos contemplábamos unas cuantas Abejas, con su viñeta en madera henchida de alusiones simbólicas, un gozo inexplicable nos inundaba, inflábase nuestro ser moral y físico, y sonreíamos desdeñosamente al vulgo que nos rodeaba; nos parecía imposible que los concurrentes hablasen de otra cosa que no fuese La Abeja, y no adivinasen que tenían la honra de hallarse cerca de sus redactores. Además, ¡con qué íntimo regocijo no decíamos a nuestras respectivas patronas al salir de casa: «Si alguien pregunta por mí, decirle que estoy en la redacción... ya sabe V... en la redacción!» Y la boca al proferir esta palabreja mágica se nos hacía almíbar, como cuentan que le acaecía a cierto santo cuando pronunciaba el nombre de María.

Y efectivamente, en la aguardillada redacción pasábamos la mayor parte, casi todas las horas de nuestra existencia. No que estuviésemos escribiendo todo el tiempo ni mucho menos; pero había otros quehaceres auxiliares del periodismo, que no por ser materiales dejaban de participar de su alteza: sea ejemplo el arte delicado de cortar, escribir y pegar las fajas, en el que sobresalíamos casi todos, y el no menos noble y exquisito de pegar los sellos con la propia saliva, en el que ya quedaban algunos rezagados, seco y exhausto el gaznate.

Para un periódico semanal, y no de gran magnitud, la verdad es que bastaban los diez y nueve redactores que habíamos tenido el honor de fundarlo. ¿Con qué objeto, pues, se habían otorgado plazas de redactores honorarios a una porción considerable de muchachos? Sin duda para satisfacer cada cual los deseos de algún amigo; compromisos personales que no se pueden eludir; y sin embargo, esta tolerancia produjo a la postre funestos resultados. El cuarto destinado a redacción y administración no era tan ámplio que consintiese la permanencia en él de tanta gente. Desde por la mañana bien temprano comenzaban a entrar escritores: y como ninguno salía, la consecuencia era que al poco rato el local se atestaba y los redactores zumbaban como verdaderas y genuinas abejas en una colmena, se codeaban, se estrujaban e impedían de todo punto la entrada de los compañeros que llegaban tarde. Redactor hubo que en ocho días no logró poner los pies en la oficina.

¡Quién nos dijera que tan presto había de morir un periódico destinado a ser «vigoroso adalid de la ciencia y campeón infatigable de la cultura patria» (palabras textuales del programa firmado por la redacción)! Estaba escrito, no obstante, que pocos días antes de salir el cuarto número de La Abeja estallaría una furiosa borrasca entre los campeones infatigables de la cultura patria. Las más grandes empresas, las obras más altas y portentosas pueden venir al suelo por livianos motivos. Troya pereció por los devaneos de un petimetre: La Abeja por una disquisición histórica.

Había escrito yo un articulito vindicando la memoria de D. Pedro I de Castilla, demostrando que el título de cruel con que le apodaban la mayor parte de los historiadores no le cuadraba, y que mejor le venía el de justiciero. En asuntos históricos me gustaba mucho defender a los personajes caídos: ya había hecho otro tanto con Felipe II. Mas a uno de los redactores, que ejercía al propio tiempo el cargo espinoso de expedir volantes a los suscritores para el cobro de los recibos, no le agradó esta defensa, y se autorizó el manifestar su opinión contraria. Al instante salté yo henchido de erudición, relleno hasta la boca de datos concluyentes: se entabló una discusión animada.