El redactor disidente, a falta de datos, manifestó que era una tontería el ir contra la opinión general: yo sostuve con serenidad que había muchas opiniones generales erradas, y que una de ellas era ésta; y en apoyo de mi tesis, solté el chorro de la ciencia que había adquirido tres días antes. El contrario repuso, que mientras los grandes historiadores no lo autorizasen, consideraba una estupidez el sostener idea tan absurda: yo expuse con sangre fría y sonrisa impertinente, las razones que tenía para opinar de esta manera. El partidario de la crueldad de D. Pedro, viéndose acorralado, no encontró mejor recurso para salir del paso que descargar un tremendo mojicón en la faz insolente del campeón de la justicia. Gran alboroto en la colmena: replico yo a mi adversario con idénticos argumentos: los redactores se reparten en dos bandos, y se entabla una batalla donde menudean los puñetazos y coscorrones; ruedan las sillas, caen las mesas, quiébranse los vidrios de algunos cuadros, y hasta hubo quien apoderándose de las tijeras de recortar sueltos, formó círculo en torno suyo y esparció el terror entre los contendientes.
Mas he aquí que en el marco de la puerta aparece la figura severa e imponente de la doncella de la casa. Calmáronse las olas; silencio sepulcral; todos los rostros vueltos hacia aquella nueva cabeza de Medusa.
—¿Se creen, por lo visto, que no hay nadie en casa más que Vds.? ¿No saben ustedes que la señorita está delicada?... ¿Qué escándalo es éste?... ¿No saben ustedes que el señor prohibió que se haga ruido?...
Nadie se aventuró a responder a estas tremendas interrogaciones.
La doncella se dignó pasear una mirada arrogante por toda la redacción; pero la detuvo llena de horror y de cólera al llegar al hijo de los dueños de la casa.
—¡Cómo!... ¡Mi señorito sangrando por las narices!... ¡Tunantes!... ¡Granujas!... ¡Fuera de aquí todo el mundo!... ¡Pillería como esta no la quiero yo en casa!... ¡Fuera!... ¡Fuera!...
Y en efecto, el ilustrado cuerpo de redacción de La Abeja, herido, escarnecido, arrojado ignominiosamente de su santuario por una miserable sirviente, bajó las escaleras a toda prisa, se disolvió al llegar a la calle, se esparció por Madrid y nunca más volvió a juntarse.