—Pero Mirabeau ha sido un gran orador. Tú eres un apasionado de él.
—¡Mirabeau! ¡Mirabeau!... En los instantes dramáticos porque atraviesan algunas veces las naciones, un hombre de gran palabra y de gran corazón, como Demóstenes o Mirabeau, son necesarios, porque pueden hacer variar el curso de los acontecimientos. Sobre la cátedra sagrada, hablándonos del cielo, o delante de un tribunal, defendiendo la cabeza de un inocente también. Pero, ¿qué significa un orador empleando imágenes poéticas y discutiendo con metáforas la reforma arancelaria? La oratoria en la actualidad no es otra cosa que una coquetería, una clase de adorno, como dicen en los colegios; ha pasado a la categoría de los polvos de arroz.
La discusión científica se fué trocando en plática jocosa. Moro concluyó embromando a su amigo Pasarón y haciéndonos reír a todos.
—Pasarón, el día en que te mueras, el Purgatorio habrá hecho una gran adquisición. Espero verte allá explicando un curso de filología comparada a las ánimas benditas.
—¿Cómo sabes que ha de ir al Purgatorio? ¿No puede ir al Cielo derechamente?—apuntó uno de los Mezquita.
—No lo creo. Pasarón admira a Lucrecio y a Cátulo y dice pestes del latín de los Santos Padres. Así es que se ha hecho muchos y poderosos enemigos en la Corte Celestial.
—¿Y al infierno?
—Eso menos. A Dios no le conviene que los demonios se instruyan demasiado.
Pasarón sonreía dulcemente sin replicar. Su espíritu, exclusivamente científico, era refractario al humorismo. Yo estaba verdaderamente maravillado del ingenio y la instrucción de aquellos dos jóvenes. Los comparaba con los más conspicuos que había conocido en la capital de mi provincia, hasta con los catedráticos que allí gozaban de mayor reputación, y me parecían todos unos pigmeos al lado de éstos. Creí haber entrado en un mundo mucho más alto y espiritual y comenzar a vivir en medio de una raza superior.