—Tal conciencia es innecesaria, como lo es la del poeta respecto a la estética. Tú mismo nos has dicho hace unos días que los arios del Asia Central habían construído el sánscrito, la lengua más hermosa que ha tenido la Humanidad hasta ahora. Y, sin embargo, esos arios eran unos rudos pastores.
—Naturalmente, la obra de formación de un idioma es inconsciente; pero, una vez adquirido, nos toca guardarlo con esmero y venerarlo como un don de la divinidad.
—El pueblo que lo ha formado puede deshacerlo y construír otro si se le antoja.
—Si se le antoja no. Los procesos históricos no son obra del capricho; obedecen a leyes providenciales.
—¡Niego las leyes providenciales!
Y acto continuo pronunció con calor unos párrafos de filosofía revolucionaria, que estaba entonces a la moda. Las ideas eran huecas y aparatosas más que sólidas; pero Moro las manejaba tan brillantemente y en períodos tan perfectos, que quedé altamente sorprendido de su facundia.
Uno de los Mezquita, advirtiendo mi sorpresa, me guiñó un ojo diciendo:
—El amigo Moro es un gran orador. Allá en la Academia de Jurisprudencia no hay quien le ponga el pie delante.
Moro se encogió de hombros con un gesto de desdén. Y, descontento de sí mismo, profirió bajando el tono:
—No me seduce eso mucho. La oratoria es el arte de decir vulgaridades con corrección y propiedad.