Hallé a Natalia serena y confiada como él. Procuré, como había prometido, hacerme el valiente y me desbordé en palabras de aliento que sobre ser innecesarias debían de sonar a falso. Cuando llegó el momento de separarnos para ir a la Audiencia, mi mano, al estrechar la suya, temblaba. Natalia me miró con sorpresa.

—¿Tiemblas, Angel?... No temas, amigo mío. Venceremos probablemente, pero si no vencemos marcharé al presidio tranquila porque hay todavía en el mundo algunos corazones que se interesan por mí.

Me volví rápidamente para ocultar la emoción que me embargaba. Bajé a la calle y esperé su salida. La vi montar en el coche de la cárcel. Yo monté en el mío de punto y la hice seguir. Cuando llegamos al palacio de la Audiencia, donde debía efectuarse el juicio quise hablar con ella, pero me lo impidieron. La llevaron a la estancia reservada desde donde pasaría a su tiempo a la sala. Yo me introduje en ésta, que se hallaba ya llena. El proceso había despertado vivo interés. No sólo muchos señores de la alta sociedad, sino también un gran número de damas habían solicitado y obtenido entradas para presenciar el juicio y ocupaban los mejores puestos. Yo lo tenía especial por mi condición de periodista. Encontré ya sentados a algunos de mis compañeros. Éstos conocían el interés que yo tenía por la procesada y se mostraban desde luego partidarios resueltos de ella, expresando sus sentimientos en voz alta y con poca discreción. Tuve que llamarles alguna vez al orden porque temía que comprometiesen el éxito del negocio.

Se constituyó el Jurado después de las formalidades acostumbradas. Moro ocupó su puesto y el fiscal el suyo. Todo el mundo sabía que éste pedía para Natalia la pena de doce años de presidio. Era un funcionario de los que juzgan que su deber es mostrarse en toda ocasión, con razón o sin ella, implacables acusadores del procesado y hacen cuestión de amor propio el que sea condenado. Yo le temía porque era hombre influyente y hábil.

Se declaró abierto el juicio y apareció Natalia. Todas las miradas se clavaron sobre ella con intensa curiosidad. Vestía el mismo traje negro y la misma pobre mantilla con que la había visto la primera vez en la calle. Su semblante estaba pálido, pero sus hermosos ojos brillaban sobre él dulces y serenos sin arrogancia y sin confusión.

Hubo en el público un movimiento de simpatía. «—¡Qué hermosa es! ¡qué hermosa es!», oí repetir en voz baja a los que estaban cerca.

Se sentó en el banquillo de los acusados y un guardia se colocó en pie detrás de ella. Desgraciadamente, casi al mismo tiempo se presentó Céspedes. Un ujier le conducía y fué a sentarle en el sitio que le estaba designado. Tenía el rostro horriblemente desfigurado por las quemaduras: los ojos habían casi desaparecido. Un rumor producido por el horror y la compasión se esparció por toda la sala. Yo temblé y miré a Natalia. Ésta bajó la vista y ni por casualidad volvió a mirar a su marido mientras duró el juicio. Después volví los ojos a Moro: éste tenía clavados los suyos en el verdugo de su adorada con expresión de odio.

Fueron examinados los testigos de la acusación. No eran más que tres o cuatro vecinos de la casa que habían escuchado los gritos de Céspedes y habían presenciado la huída de Natalia.

Vinieron los de la defensa. Sus testimonios fueron terribles, abrumadores: los malos tratamientos de Céspedes allí relatados despertaron viva indignación en la asamblea. La sevicia quedaba perfectamente probada; yo volví a recuperar la calma. Sin embargo, el fiscal hizo lo posible por desvirtuarlos dirigiendo preguntas insidiosas a los testigos, procurando ponerlos en contradicción, hasta mostrando hacia algunos ostensible desdén a causa de su raza, pues los de Filipinas eran indios y la doncella de Cuba, negra. Con Natalia también se mostró desconsiderado y duro. Felizmente, ésta supo manifestarse tan serena y animosa que no logró poco ni mucho turbarla: su modestia, el acento sincero de sus palabras, su voz insinuante y dulce, causaron grata impresión en el público. Por otra parte, Moro dirigió hábiles preguntas a Céspedes. Éste respondió a ellas en forma tan altanera, con aquel tono sarcástico en él congénito, que en un instante perdió la simpatía que su lamentable estado inspiraba. Todo el mundo quedó persuadido de que aquel hombre era bien capaz de cometer las maldades que se le atribuían.

El juicio tomaba un giro evidentemente favorable para mi amiga. Sin embargo, a medida que se desenvolvía aumentaba mi agitación. ¡Oh los nervios! ¿Quién sabe lo que podía ocurrir? Cierto que Natalia había sufrido crueles tratamientos, pero al mismo tiempo era evidente que había cometido un delito y que a este delito no fué empujada por una necesidad irremediable. Por otra parte, las inteligencias de los hombres son tan diversas, pesan sobre ellas móviles tan varios... En fin, mi imaginación daba tantas vueltas que concluí por sentirme mareado.