—No puedo reprimir mi inquietud desde ayer, te lo confieso. Temo que ocurra una cosa mala.
—¿Y por qué lo temes?—me preguntó con calma.
—No lo sé, pero lo temo... Francamente, no comprendo tu flema.
—Para vencer, querido Jiménez, es necesario creer en la victoria.
Y dando un salto fuera de la cama se dirigió a su bañera y se dispuso a tomar una ducha.
Yo estaba admirado de aquella calma. Me trajo a la memoria la de Napoleón cuando la noche víspera de la batalla de Austerlitz, después de recorrer las posiciones de sus tropas, sacó el reloj y dijo:—«Voy a dormir cuatro horas.» Y las durmió sin faltar un minuto. ¡Cuánto he admirado siempre a estos hombres dueños de sí mismos! ¡Cuánto me he despreciado a mí mismo y maldecido de mis nervios alborotadores!
—Bueno, ahora mientras me desayuno y preparo mis papeles, te vas a la cárcel, le encargas bien a Natalia que se atenga estrictamente a las instrucciones que le he dado y le infundes ánimo... si es que puedes.
—Procuraré tenerlo.
Volvió a mirarme sonriente y me apretó la mano.
—Hasta luego, poltrón.