—¡Cosa resuelta! Yo me encargo de buscar a esos testigos aunque se escondan en el centro de la tierra.

Fuimos juntos a ver a Moro; celebramos algunas conferencias. Pocos días después dos hombres hábiles y de toda confianza salían embarcados el uno para Filipinas el otro para Cuba con amplios poderes y todo el dinero necesario. Costase lo que costase era necesario traer a Madrid los testigos que Moro les había designado.

La confianza de éste seguía siendo absoluta. Y sus ojos no sólo expresaban la confianza, sino una secreta y concentrada fecilidad que yo sabía bien de donde manaba. Esta misma expresión dulce y expansiva la advertía en el rostro de Natalia cada vez que iba a visitarla una vez por semana. Moro celebraba con ella frecuentes conferencias prevalido de su cualidad de abogado defensor. Yo no podía dudar de lo que acaecía en el alma de estos dos seres para mí tan caros y esto me causaba una mezcla de alegría y de inquietud que no podría bien definir.

La preparación de la defensa no se limitaba solamente a la busca de testigos. Empecé a trabajar también con todas mis fuerzas a fin de crear en el público una atmósfera favorable a mi desgraciada amiga. En los cafés, en los saloncillos de los teatros, en el Ateneo, a todas partes donde iba me esforzaba en poner de nuestra parte a mis amigos y conocidos. Fuí a visitar a todos los que lo habían sido del general Reyes, les pinté la situación de su hija, los martirios que había sufrido, y logré pronto que se convirtiesen en otros tantos ardientes defensores de ella. Pero lo principal, como debe suponerse, era la Prensa. Mis compañeros me dieron prueba en aquella ocasión de un afecto que jamás agradeceré bastante. Hicieron una campaña discreta y formidable. Dios se lo pague.

Dos meses después desembarcó en La Coruña el emisario que Pérez de Vargas había enviado a Cuba, trayendo consigo una negra que había sido doncella de Natalia. Cuarenta días más tarde hizo lo mismo en Cádiz el que había enviado a Manila. Éste traía a dos indios, cochero y cocinero que habían servido en casa de Céspedes. La instrucción del proceso se desenvolvía, a no dudarlo, en sentido favorable.

Todo se hallaba preparado. Llegó por fin el gran día, el día del juicio oral, que yo esperaba a la vez con ansiedad y temor. No podía desechar éste de mi alma. Por más que me representaba las probabilidades de buen éxito con que podíamos contar dada la naturaleza de los testimonios que se ofrecían, el talento y la pericia de Moro, la simpatía que había llegado a inspirar Natalia, no obstante, el hecho brutal estaba allí, imborrable, incontrovertible: una mujer que hiere gravemente a su marido, le desfigura, le deja ciego para siempre. No era fácil dejar esto sin castigo.

Puede inferirse que la noche precedente dormí mal. Me levanté temprano, di algunas vueltas por las calles, y, por fin, me personé en casa de Moro. Estaba durmiendo aún. Volví a pasearme otro rato y cuando presumí que ya estaría levantado llamé de nuevo a su puerta. El criado me dijo que todavía se hallaba en la cama. Entonces, no pudiendo reprimir la impaciencia, tomé sobre mí la responsabilidad de despertarle y me dirigí a su dormitorio. En efecto, Sixto se hallaba sumido en profundo sueño. Cuando abrí las maderas del balcón volvió la cabeza, abrió los ojos y me miró un instante con vaga expresión sin darse cuenta de lo que mi visita significaba. Por fin, comprendiendo, una sonrisa se dibujó en sus labios.

—Perdona que te despierte, pero ya son las ocho... El juicio es a las diez y...

—¿Y qué?—preguntó incorporándose y mirándome con la misma sonrisa.

Yo no sabía qué decir. Me puse a dar vueltas agitadamente por la estancia.