Pero Natalia volvió bruscamente la cabeza, se llevó las manos al rostro y estalló nuevamente en sollozos. Moro volvió también la suya para ocultar las lágrimas y se precipitó fuera de la estancia.

En el despacho del director convinimos los medios conducentes para hacer más llevadera a nuestra amiga su posición. Aquél nos prometió proporcionarle todas las comodidades compatibles con el Reglamento. Moro dispuso que se le sirviesen las comidas de un restaurán próximo. Cuando iba a decir que los gastos corrían por su cuenta, yo le toqué en el brazo con disimulo. Comprendió bien lo que mi seña significaba. Natalia no hubiera aceptado de su parte estos regalos. Bajó tristemente la cabeza y me dejó la iniciativa y el privilegio de costearlo todo.

Nos retiramos tristes y silenciosos de aquel paraje. La alegría que en los últimos momentos habíamos mostrado era una comedia destinada a divertir de su aflictiva situación el espíritu de nuestra amiga. Cuando nos despedimos a la puerta de su casa me estrechó la mano con fuerza y me dijo:

—Hasta mañana. Tengo la seguridad de que Natalia será absuelta... Pero si no fuese, procuraría hacer mejor la puntería que la vez pasada.

X
EN QUE SE DECLARA EL JUICIO DE LOS HOMBRES.

Aquellas palabras de mi amigo me inquietaron bastante. No soy un optimista convencido; la vida nunca me demostró que debía serlo. Era justo que Natalia fuese absuelta; ¿pero se impone la justicia en este mundo?

De todos modos comenzamos con gran ardor la preparación de la defensa. Rodrigo se hallaba en el hospital. Me informé de los médicos; las heridas eran gravísimas: quedaría ciego y desfigurado. Tales noticias me aterraron porque hacían peligrosa la situación de Natalia. En cambio a Sixto le impresionaron agradablemente. Nadie quede sorprendido: así como su amor por Natalia era mayor que el mío, el odio que profesaba al malvado de su marido era cien veces más vivo.

Pocos días después hice un viaje a Barcelona con instrucciones de Moro para obtener el testimonio de la patrona en cuya casa se hospedaron los esposos en otro tiempo. Fuí dichoso en mis investigaciones; no sólo adquirí este testimonio y la promesa de venir a Madrid cuando el juez la llamase, sino también el de otras dos personas que habían presenciado las violencias de Rodrigo. Sixto hizo otro viaje a Sevilla, también afortunado.

Pero lo que había acaecido en Cuba y Filipinas era igualmente de gran importancia. En este último punto algunas escenas habían sido particularmente repugnantes. Los testigos eran criados. ¿Cómo averiguar su paradero? ¿Cómo hacerles venir a España?

En esta ocasión la Providencia quiso ayudarnos por modo maravilloso. Un día recibí una tarjeta de mi amigo Pérez de Vargas invitándome a almorzar. Durante el almuerzo, que se efectuó en completa intimidad, esto es, entre su esposa, él y yo, me manifestó que estaba interesadísimo en el proceso de Natalia, no sólo porque yo lo estaba y por la parte que tomaba en él un hombre a quien admiraba tanto como Moro, sino por la simpatía y la compasión que le inspiraba la procesada, a cuyo padre había conocido. Por lo mismo quería contribuír en la forma que pudiese, con su influencia y con su dinero, al buen éxito del asunto y se ponía desde luego a nuestra disposición. Entonces yo viéndole tan propicio le hice saber nuestro embarazo. Testigos muy importantes y que podían influír notablemente sobre el Jurado se hallaban en Filipinas. Apenas hube pronunciado la última palabra exclamó: