Natalia le clavó una mirada de asombro y reconocimiento que él no pudo sostener. Bajó la cabeza y observé que sus manos temblaban.
—No quiero entrar en los detalles de las maldades con que me ha atormentado.
—¡Es necesario!—profirió Sixto.
—Dispénseme usted... No puedo en este momento... Me encuentro muy excitada. Acaso más adelante... El amor de mi hijo me ha sostenido en esas duras pruebas. Pero hará pronto tres meses que este ángel subió al cielo comprendiendo que aquí no le aguardaban más que desdichas.
Al llegar a este punto rompió de nuevo en sollozos. Cuando se hubo serenado prosiguió de esta manera:
—Con la muerte de mi hijo todo concluyó. Rodrigo sabía perfectamente que éste era el único lazo que me ligaba los pies. No le convenía que yo me marchase; le era necesaria. Así que desde entonces se abstuvo de maltratarme; aun más, comenzó a mostrarse conmigo deferente, respetando mi dolor: parecía interesarse por mi salud; me trajo algunos medicamentos para la anemia que según él padezco. Por fin anteayer domingo por la mañana me dijo con acento cariñoso: «—¿Quieres que pasemos hoy el día en el campo? A ti te conviene respirar el aire puro, distraerte un poco.»—Como ya todo me tenía sin cuidado en este mundo y lo mismo me importaba quedarme en casa que salir, le dije que sí. Tomamos el tranvía y nos fuimos a la Moncloa, nos paseamos, nos sentamos después sobre el césped. Rodrigo se durmió: yo mientras tanto pensaba en mi hijo y lloraba. Cuando despertó me propuso ir a almorzar a uno de los restauranes de la Bombilla, pues había ganado el día anterior algún dinero. Entramos, pues, en uno de ellos y Rodrigo me hizo elegir amablemente en la carta lo que más me apetecía. Antes de concluir de almorzar se presentó por allí un caballero que vino a saludar muy afectuosamente a mi marido. Este me lo presentó como uno de sus mejores amigos. Era un hombre joven todavía, grueso, no mal parecido, pero de aspecto ordinario; vestía bien y lucía en el dedo meñique un enorme brillante, uno de esos brillantes que llamamos «de jugador». No era otra cosa, al parecer, aquel sujeto. Se sentó a nuestro lado, charló mucho, se mostró galante conmigo, bebió dos copitas de cognac y regaló a mi marido con algunos cigarros. Cuando nos levantamos de la mesa observé que se dirigió al mozo y pagó todo el gasto que habíamos hecho. Esto me sorprendió y me ofendió: se lo dije por lo bajo a mi marido; él se echó a reír diciendo: «—¡Déjale, es rico!» Este sujeto nos acompañó después en el paseo y por último nos dejó en el tranvía. Rodrigo continuó mostrándose conmigo amable. Por la noche después de cenar, en vez de salir, como siempre, se quedó en casa charlando. De pronto me dice sonriendo: «—¿Te gusta Manolo López?» «—¿Quién es Manolo López?»—le respondí, aunque sabía perfectamente a quién se refería. «—Anda, pues el amigo con quien hemos paseado esta tarde.» «—¡Ah! sí, se me había olvidado su nombre... Ni me gusta ni me disgusta.» «—Pues tú a él le has chiflado.» «—¡Qué raro! ¿Cuándo te lo ha dicho?» «—Pues en un momento en que tú estabas distraída.» Yo callé porque algo extraño y terrible comenzaba a moverse en mi corazón. Guardamos silencio algunos minutos y al cabo Rodrigo comenzó a decir como si hablase consigo mismo y no para mí: «—Manolo López ha heredado hace algunos meses un millón de pesetas de un tío prestamista. Manolo López es generoso: si quisiera podía sacarnos de apuros. ¿Y por qué no había de querer? ¡Vaya si quiere! Bastaría con que una personita que yo conozco hiciese una seña para que todo su dinero se pusiese a nuestra disposición.» Una ola de fuego subió a mi cara en aquel momento. Me levanté de la silla como si me hubieran pinchado. «—¡Ni una palabra más, Rodrigo!» Pero él se obstinó en hablar y entonces yo perdí la razón y le cubrí de denuestos. El los sufrió mientras supuso que con la blandura podría conseguir algo; pero una vez convencido de que todo era inútil se volvió a mostrar lo que siempre ha sido, una hiena. Me insultó con las palabras más inmundas y me golpeó bárbaramente. Entonces yo juré interiormente que no volvería a poner la mano sobre mí. Por la mañana en cuanto salí a la calle compré en la droguería un frasco lleno de vitriolo y lo guardé en mi seno. Cuando tú me has encontrado ayer, Angel, lo llevaba ya. Rodrigo no me dirigió la palabra en todo el día. Por la noche llegó temprano, contra su costumbre; se conocía que le pedía el cuerpo reyerta; estaba despechado, furioso: los planes que, sin duda, había trazado, se le venían abajo. Comenzó por dirigirme indirectas y burlas y concluyó por insultarme. Yo le respondí, porque estaba resuelta a no sufrirle más: él me dió una bofetada que me batió contra la pared; entonces yo le grité: «—¡No me tocarás más en tu vida, malvado!» Y sacando el frasco del pecho se lo arrojé con todas mis fuerzas a la cara. Se hizo mil pedazos en ella y Rodrigo cayó al suelo dando gritos horribles. Yo me di a la fuga instintivamente, sin saber lo que hacía; abrí la puerta del cuarto y me precipité por la escalera. Cuando estaba en el portal todavía llegaban a mis oídos sus gritos. Salí y emprendí por las calles una carrera loca: recorrí calles, muchas calles ¡muchas! y por fin salí al campo; seguí una carretera: estaba muy oscura; al poco rato salió la luna y pasé junto a unas casas; había algunos hombres delante de una de ellas que me chichearon y viendo que yo no les respondía me insultaron. Seguí la carretera que estaba llena de polvo; después atravesé un puente: el río era poco caudaloso, más bien un arroyo; me detuve un instante a mirarle y tuve intención de tirarme; pero comprendí que no conseguiría privarme de la vida, sino herirme. Seguí mi marcha anhelante por la carretera; volví a encontrar algunas casas; salí de nuevo al campo; me sentí al fin tan abatida como si fuese a morir; me dejé caer debajo de un árbol y me quedé dormida. Cuando desperté, la luna se había ocultado de nuevo; estaba muy oscuro: no sabía dónde me hallaba. El pensamiento de lo que había hecho me asaltó de pronto; volvieron a sonar en mis oídos los gritos desgarradores de mi marido. Otra vez corrí desalada y otra vez caí rendida al cabo de unos instantes. Me levanté en cuanto me fué posible y seguí marchando aunque más lentamente. Al fin tropecé con casas elevadas, vi una calle alumbrada con faroles y me sentí más tranquila porque comprendí que había llegado a un pueblo. Seguí aquella calle, luego otras y otras. Por fin, cuando ya rayaba el día me encontré a la puerta de mi casa. Un guardia me apresó, me llevó primero a la Inspección y después a esta cárcel.
Calló. Nos hallábamos tan conmovidos que no pudimos decir una palabra. Después de un corto silencio, Moro levantó la cabeza y con resuelto ademán profirió:
—Por hoy basta. Lo importante ahora es la salud de usted. De lo demás que necesito saber tenemos tiempo a hablar más adelante.
Y se puso a hablar de la salud de Natalia como si estuviese en visita, haciéndole minuciosas recomendaciones, proponiéndole remedios preventivos. En cuanto se fuese hablaría con el médico de la cárcel y le enviaría también el suyo. Estaba muy excitada: luego vendría la depresión: era necesario prevenirse contra ella. Y después de haberla animado con afectuosas palabras haciéndole comprender que había obrado con perfecto derecho y en legítima defensa de su honor y de su vida dió con extremada habilidad otro giro a la conversación; habló de los países donde Natalia había vivido; le pidió noticias, hizo observaciones jocosas; en suma, logró distraerla hasta el punto de que por un momento la joven se olvidó de donde estaba y lo que había hecho.
Sin embargo, era necesario separarse. Moro se alzó de la silla bromeando. La visita había sido demasiado larga. ¡Buena cansera le habíamos dado! Y le tendió la mano sonriente como si se despidiese en una visita ordinaria. Natalia se la apretó y se la retuvo unos momentos sonriente también. Ambos se miraron a los ojos con una larga, intensa mirada en que sus almas se besaron.