En esto llegó la fatal noticia de la muerte de papá. El Capitán general y todo el elemento militar de la Habana me dieron en aquella ocasión pruebas inolvidables de aprecio. Mi dolor fué tan vivo que quise volverme loca. Yo quería a mi padre apasionadamente, pero desde que advertí el despego de Rodrigo le quise mucho más. Ahora entendí bien que me hallaba verdaderamente sola en el mundo: este pensamiento me dejó abatida, aniquilada. Pronto vino a añadirse un nuevo dolor a este abatimiento. El Capitán general estaba perfectamente enterado de la conducta disoluta de Rodrigo, de sus escándalos y sus trampas. Hasta entonces había cerrado los ojos por respeto a mi padre; pero tres meses después de la muerte de éste le llamó a su despacho y le intimó la orden de volver a la Península. Fué necesario obedecer. Vinimos destinados a Barcelona. Como no había cumplido el plazo reglamentario en Ultramar para consolidar su ascenso, Rodrigo volvió a ser capitán. Yo estaba ya encinta de mi hijo Luisito. La vida volvió a ser muy dura para mí; teníamos escasísimos recursos: Rodrigo estaba siempre de un humor endiablado. Como ustedes presumirán, todas mis joyas habían desaparecido ya desde hacía mucho tiempo. Sin embargo, conservaba colgado al cuello siempre un retrato de mi madre orlado de perlas y brillantes que papá me había regalado el día de mi primera comunión. Rodrigo me lo pidió, primero con muy amables súplicas, después con amenazas. Me negué a dárselo. Entonces se desató en injurias y por fin me dio un fuerte empellón que me hizo caer sobre la chimenea hiriéndome en la cabeza...

—¿Ha habido testigos de ese acto?—preguntó Moro.

—En aquel momento no había allí nadie, pero la patrona de la casa de huéspedes donde nos hallábamos estaba escuchando la disputa y acudió al grito que yo di y me restañó la sangre recriminando duramente a mi marido, porque yo estaba embarazada de siete meses.

Moro sacó la cartera y apuntó las señas de la casa y el nombre de la huéspeda.

—Yo me hallaba tan preocupada con mi estado y era tan feliz con la esperanza que ya casi había perdido, de tener un hijo, que no di gran importancia a aquel acto. Nació mi niño y poco después Rodrigo fué destinado a Filipinas y ascendió otra vez a comandante. Allí pasamos algunos años. No me trataba bien, pero sólo en contadas ocasiones puso la mano sobre mí. Por otra parte, las caricias de mi niño me compensaban de todas mis desdichas. Pero llegó un momento en que se mezcló en cierto asunto muy sucio de contrabando y sólo el recuerdo de mi padre, que el Capitán general guardaba religiosamente, le salvó del presidio. Se contentaron con expulsarle del ejército: quedamos a la gracia de Dios; salimos de Filipinas; vinimos a Barcelona donde Rodrigo tenía amigos de su misma calaña. Desde entonces mi vida fué un verdadero martirio. Rodrigo, agriado por la miseria, viviendo entre gente crapulosa, sirviendo de crupié en las casas de juego: pasé hambre algunas veces porque mi hijo no la pasara; estuve encerrada en casa temporadas porque no tenía zapatos que ponerme. Fuimos a Sevilla y mi vida aun fué peor... No tengo fuerzas en este momento para contar los malos tratos que sufrí de ese hombre. Fuí golpeada, humillada, privada de alimento y de ropa con que abrigarme...

—¿Por qué no has huído de su lado?—exclamé yo—. Más valía para ti morir en la calle.

—No huí porque me amenazó con que en ese caso se apoderaría de mi hijo, a lo cual le daba derecho la ley, y le haría sufrir a él los martirios que estaban destinados para mí.

Moro dejó escapar un rugido; saltó de la silla y se puso a dar vueltas por la estancia como si estuviera loco, mesándose los cabellos, rechinando los dientes.

Por fin se sentó otra vez y dijo con voz ronca:

—Siga usted.