—¿Es necesario que cuente mi historia?
—Sí; es necesario.
—¿Que lo cuente todo?
—Absolutamente todo.
—Pues bien, ustedes saben que después de mi boda estuvimos unos días en Piedra, que volvimos y que poco después embarcamos en Cádiz para Cuba. Por recomendación de papá, Rodrigo en vez de salir al campo de operaciones, se quedó en La Habana a las órdenes del Capitán general. Los primeros meses de mi matrimonio fueron los únicos felices. Mi marido salía poco de casa y casi siempre conmigo: parecía haber abandonado sus hábitos de juego: se mostraba deferente, afectuoso y alegre. Sin embargo, en ciertos momentos aparecía taciturno y respondía a mis preguntas en un tono sarcástico que no dejaba de herirme vivamente. Como duraba poco tiempo, no eran más que leves nubecillas que no lograban empañar mi dicha. Pero estos momentos de mal humor se fueron repitiendo con alguna frecuencia y empezaron a darme que sentir y que pensar. Sobre todo, vuelvo a decir, lo que más me hería y lo que más me ha hecho sufrir toda la vida, aún más que otras cosas peores de que hablaré, era su acento displicente, su actitud despreciativa. Pensando en la manera de remediarlo imaginé ¡pobre de mí! que Rodrigo estaba demasiado habituado a una vida divertida y frívola para soportar fácilmente esta otra un poco monótona de familia. Y yo misma le insté para que se fuese más tiempo con sus amigos y procurase distraerse. No se lo hizo repetir. Comenzó de nuevo a hacer la vida de soltero y calavera. Llegaba tarde a casa y alguna vez con señales de haber bebido en demasía. Pero estaba alegre y me trataba con amabilidad: era suficiente para que yo estuviese contenta. Más tarde quiso que yo también participase de esta vida alegre y me llevó a varias casas donde se bailaba, se cantaba y se jugaba. Pronto advertí que aquella sociedad equívoca no estaba hecha para mí. Se hablaba con una libertad a la cual no estaba acostumbrada; se usaban bromas subidas de color; las señoras fumaban como los caballeros y jugaban a los naipes; los caballeros juraban como carreteros cuando perdían y las damas, en vez de indignarse, reían. A altas horas de la noche se salía algunas veces formando pandilla, se recorría la ciudad y por fin se entraba en cualquier café que estuviese abierto y allí continuaba la jarana hasta que amaneciera...
Me hallaba tan avergonzada de esta sociedad poco honrosa y de esta vida sin recato que a los pocos días le signifiqué a Rodrigo que estaba resuelta a no entrar más en ella. Esto ocasionó el primer altercado serio que habíamos tenido. Me trató con dureza y dejó escapar palabras que me hirieron profundamente trayendo a cuento a mi padre y algunos antecedentes de mi familia. Me mantuve firme y guardé de aquella disputa un resentimiento que con el tiempo fué creciendo. Rodrigo, en vez de apagarlo, le fué echando más leña con su actitud despegada y su conducta libertina. Venía a casa cada noche más tarde; algunas veces no venía hasta la madrugada. Yo me pasaba las horas llorando en una butaca.
Después vinieron los apuros de dinero. Rodrigo jugaba y cuando perdía transcurrían algunos días sin entregarme ninguno para las necesidades de la casa. Pasaba unos momentos crueles, unas vergüenzas increíbles cuando me veía precisada a pedir prórroga para mis compras. ¡Ay!, después tuve tiempo para acostumbrarme a estas penas, que no son las menos insufribles para una persona decente. Un día Rodrigo se mostró conmigo más afectuoso que de ordinario; al día siguiente igual, al otro lo mismo. Yo acepté aquellas caricias como moneda de buena ley y me puse a imaginar con alegría que había vuelto sobre sí, que estaba arrepentido de su vida disoluta y que para nosotros comenzaba una nueva luna de miel. Pronto vinieron al suelo mis ilusiones. Al cuarto día, con no pocos preámbulos de caricias y palabras melosas, me hizo saber que se hallaba en un compromiso de honor muy apremiante, que había jugado bajo su palabra y que había perdido, que había prometido saldar su deuda en el plazo de dos meses cuando le llegase el dinero que tenía en España y que si no lo hacía quedaría deshonrado y no tenía otro recurso que darse un tiro. «—¿Bien, y qué es lo que quieres de mí?»—le pregunté sospechando inmediatamente de lo que se trataba y apreciando en su justo valor ya las caricias de los días anteriores. Ante esta pregunta se hizo el avergonzado, hasta quiso ruborizarse y me insinuó después de largas vacilaciones que debía escribir a mi padre pidiéndole diez mil pesetas. Me negué rotundamente a hacerlo. Insistió, rogó, se puso de rodillas delante de mí y tanto hizo que al cabo logró ablandarme. Escribí a mi padre con una repugnancia invencible. Yo conocía perfectamente su situación, que su sueldo apenas bastaba a cubrir sus gastos personales y que los de la casa pesaban todos sobre la fortuna de mi madrastra. En efecto, a vuelta de correo me envió una carta severísima doliéndose de que le pusiera en el trance de manifestarme su posición un poco humillante, pues Guadalupe, por estipulaciones matrimoniales, guardaba la libre administración de sus bienes. Le era imposible enviarme un céntimo; apenas tenía para sus gastos de representación; pedir el dinero a su mujer le parecía vergonzoso. Sin decirlo claramente dejaba traslucir que sabía perfectamente a qué se destinaban las diez mil pesetas que le pedía. Presenté la carta a Rodrigo; la leyó con gesto avinagrado, pues veía que no venía letra alguna dentro de ella, y dibujándose en sus labios una sonrisa amarga, me la entregó diciendo con sarcasmo:—Muchas gracias al papá y a la hija.
Desde entonces cambió la decoración. Empezó a tratarme con el mayor desprecio y a hacerme la vida muy dura.
—¿Llegó a maltratar a usted de obra?—preguntó Moro.
—Todavía no, pero me hablaba ya sin consideración alguna, paraba poquísimo en casa, dejaba sobre su mesa para que yo las viese cartas de mujeres. A tal extremo llegó en sus desprecios, que un día hice un paquete de mi ropa y dejándole una carta sobre la mesa de noche salí de la casa y me fuí a la de una amiga, señora de un coronel de artillería a quien había conocido en Madrid. Entonces Rodrigo vino inmediatamente a buscarme, se hizo el sorprendido ante mis amigos de mi decisión, procuró quitar importancia a los agravios, me pidió perdón de ellos y, en fin, se reconcilió conmigo. Todo aquello era pura hipocresía. Temía que el coronel diese publicidad a su conducta, que llegase a oídos de mi padre, el cual era hombre bien capaz de tomar venganza de ella y sobre todo que se enterase el Capitán general, a quien le convenía tener propicio. Volviendo, pues, sobre su acuerdo me trató desde entonces relativamente bien. No logró, sin embargo, disimular lo bastante para que yo no comprendiese que en el fondo de su corazón me guardaba rencor.