—Sí, sí, Natalia, debe entrar. Lo está deseando ardientemente y va a ser tu salvación.
Y sin más esperar me apresuré a salir de la estancia, fuí al despacho del jefe y traje a Sixto conmigo. Antes de entrar éste se llevó la mano al pecho y me dijo:
—Déjame un instante. Mi corazón parece que quiere salir de su sitio.
Cuando entramos Natalia estaba tan roja que daba miedo. Se adelantó sonriente hacia Moro, que casi estaba tan rojo como ella. Pero al estrecharle la mano le sucedió lo que a mí, no pudo reprimir las lágrimas. Entonces Natalia, lanzando un grito sofocado, se dejó caer sobre el pobre lecho que tenía cerca y estalló en sollozos. Fué una crisis terrible de lágrimas. Sixto quería salir para llamar al médico; pero yo le retuve.
—Déjala; este llanto le ha de venir muy bien.
En efecto, pocos minutos después se incorporó. Su fisonomía se había serenado por completo: tenía otra vez aquella inocente expresión infantil que la hacía tan adorable.
—Gracias, Moro—dijo alargándole la mano—. No merezco esas lágrimas ni puedo pagárselas, pero Dios se las pagará... A mí ya me ha dado lo que merecía.
—Nadie conoce sus designios, Natalia—repuso Moro gravemente—. Confiemos en Él y apresurémonos a hacer lo que esté en nuestra mano para salir de este mal paso.
Sus ojos inteligentes brillaron con firme resolución preparándose al combate. Me invitó a sentarme en la única silla que allí había, salió un momento a pedir otra y acomodándose con enérgica actitud frente a Natalia, que se hallaba sentada sobre el borde del lecho, le dijo con autoridad:
—Necesito saber todo lo que ha pasado: necesito saber también los antecedentes del hecho.