—No llores, Angel. Por mala que sea mi situación en este momento, era peor la que antes ocupaba.

Tenía los ojos secos, las mejillas encendidas y en su mirada había un cierto extravío de locura.

Yo no podía hablar.

—No vayas a creer que estoy arrepentida—profirió sacudiéndome las manos—. Nada de eso. ¡Estoy contenta, contentísima!

Y bruscamente, atropellándose para hablar, me dió cuenta de la forma en que había llevado a cabo su acto. Le había arrojado el frasco entero de vitriolo, ¡zas!, a la cara y se había hecho pedazos en ella.

—¡No estoy arrepentida, no! Cien veces volvería a hacer lo mismo con ese miserable.

Comprendí que se hallaba presa de una gran excitación nerviosa y traté de calmarla. Cuando le dije que Sixto Moro se había ofrecido a ser su abogado defensor quedó repentinamente paralizada. Guardó silencio unos instantes y dijo al cabo con voz demudada:

—Pero ¿es verdad lo que dices?

—Tan verdad, Natalia, que está ahí fuera esperando que yo le llame para entrar.

—¡Oh, no, por Dios!—exclamó tapándose la cara con las manos—. ¡Qué vergüenza!