Cuando bajaba la escalera del hotel la subía Sixto Moro. Nuestras miradas se cruzaron y nos entendimos. Nos estrechamos las manos en silencio.

—¿Vas a la cárcel?—me preguntó.

—En este instante.

—Tengo el coche a la puerta. Vamos juntos.

Mientras rodábamos por las calles le expliqué lo que sabía y lo que sospechaba de las relaciones de Natalia con su marido y le referí las últimas conmovedoras palabras que habían salido de su boca cuando nos despedimos el día antes.

En la cárcel nos dijeron que Natalia se hallaba incomunicada por orden judicial.

—Vamos a ver al juez: es mi amigo—dijo Sixto.

Y de nuevo, más tristes e impacientes todavía, volvimos a rodar por las calles.

El juez nos recibió atentamente, y nos manifestó que la incomunicación sólo duraría hasta que tomase nueva declaración al herido. Sixto le dijo que él se encargaba de la defensa de la procesada. Yo le hice saber que era redactor de un periódico importante. En vista de ello nos dió un permiso escrito para que pudiéramos verla particularmente una vez levantada la incomunicación.

Cuando lo logramos era ya cerca de la noche. El jefe de la prisión se mostró cortés en extremo con nosotros, nos hizo pasar a su despacho y él mismo fué a informar a Natalia de mi visita. Le rogamos que nada dijera de la presencia de Moro. Este se quedó en el despacho con él mientras yo, guiado por un dependiente, llegué hasta la celda. Al abrirme la puerta, Natalia salió a mi encuentro con las manos extendidas. Sentí mi corazón tan oprimido al estrechárselas, que me saltaron las lágrimas a los ojos.