»En un día nefasto ese hombre, que la ira de Dios ha cegado, condujo al altar a una niña de diez y seis años. ¿Qué es lo que ese hombre aportaba a esa niña en cambio de su amor, de su inocencia, de su belleza, de la alta posición que ocupaba en el mundo? Un corazón gastado, una vejez prematura labrada por los vicios y por toda fortuna un honroso uniforme que ya deshonraba. Arrebatada por las dulces ilusiones de un corazón que se abre al primer llamamiento del amor como una rosa de abril al primer rayo del sol de la mañana, esa niña inocente abandona gozosa los tibios regalos de una casa espléndida, los placeres que la sociedad brinda a los que se hallan en su cima, las lisonjas y el aplauso de los salones, las caricias de un padre noble y apasionado para seguir al través de los mares la fortuna precaria y compartir las estrecheces de un modesto oficial del ejército. Todo para ella era nada; los peligros, los azares de la vida militar, las molestias de los viajes, la sordidez del hospedaje, la escasez de recursos; todo era alfombra de flores porque en su tierno corazón reía y cantaba el primer amor con delirio de alegría. La fuerza del amor es superior a los embates de la mar y a la amargura de sus olas, convierte en fragantes azucenas los abrojos de la tierra. ¡Ay! no tardó mucho tiempo en despertar de su mágico sueño de oro. Hay un cuento titulado El Lobo y Caperucita que muy pocos habrán dejado de leer en su infancia. Una niña tropieza en el bosque con un lobo el cual la engaña con palabras melosas, la lleva a su madriguera con promesa de regalarle juguetes y golosinas y concluye por devorarla. Pues bien, esta Caperucita también había encontrado su lobo. En los primeros tiempos los ojos de la fiera eran dulces, atractivos: Caperucita se dejaba guiar por ellos llena de fe y entusiasmo. Poco a poco comienzan a tornarse burlones y sarcásticos, y, por fin, se hacen feroces. Pero aun no había llegado la hora de saciarse en su sangre. Aquella fiera era como todas, cobarde: temía la venganza de un padre irritado y poderoso. Si el bravo general Don Luis de los Reyes contase entre los vivos es bien seguro que ese hombre no se sentaría hoy delante de nosotros.
»En los primeros tiempos se limitó a degradar a su inocente esposa introduciéndola en una sociedad de hombres viciosos y mujeres frágiles, haciéndola presenciar los desórdenes de una vida crapulosa y a compartir los apuros y miserias que el vicio arrastra consigo. Exige de ella que escriba a su padre pidiéndole dinero y porque el General lo niega como era justo sabiendo a lo que se destinaba, la injuria, la hiere en sus más caros sentimientos de familia, de tal modo que, indignada y aterrada a la vez, corre a refugiarse en casa de una amiga, esposa de un pundonoroso jefe del ejército. Otra vez la fiera vuelve a poner los ojos dulces, se muestra arrepentida y logra que la perdonen. No le convenía que aquellas injurias fuesen a oídos del general Reyes ni menos que se enterase el Capitán general de la isla de Cuba a cuyas órdenes se hallaba. Pero llega por fin, en medio de estas tristezas y penalidades, la noticia del fallecimiento del general Reyes. Su desgraciada hija, privada de tal protección, queda a merced del abominable monstruo que la fatalidad le había dado por compañero. La última paletada de tierra echada sobre los restos inanimados del héroe fué la señal del comienzo de su martirio.»
Y Moro, con calma aterradora, comenzó a referir uno por uno los tratamientos crueles que Céspedes infligió a su esposa en Filipinas, en Barcelona y en Sevilla sin omitir un detalle por repugnante que fuese. Su voz acusadora resonaba con eco profundo en la sala y la frialdad implacable de su gesto comunicaba frío y terror a cuantos le escuchaban. Los hombres arrugaban la frente y apretaban los dientes; las señoras se llevaban el pañuelo a los ojos para secarse las lágrimas.
Cuando terminó el relato hizo una pausa, permaneciendo algunos instantes con la cabeza baja mirando a la mesa. De pronto la levanta, sacude su melena como un león que advierte el peligro y se dispone a defender a sus cachorros. Entonces dió comienzo la oración más fogosa y elocuente que se ha escuchado en el foro español. ¡No la olvidaremos, no, los que hemos tenido la fortuna de oirla; no olvidaremos aquellas palabras vibrantes que sin rozarse jamás caían como gotas de fuego sobre nuestras cabezas! Su lógica era abrumadora, sus imágenes deslumbrantes. ¿Cómo es posible que con tal pasión y vehemencia en el alma las palabras fluyan de los labios artísticas, formando períodos de una belleza acabada? Es un misterio de la oratoria; es un privilegio del cielo.
Cerca de una hora nos tuvo pendientes de sus labios, maravillados y seducidos por aquel terso y luciente manantial de generosa elocuencia. La misma Natalia, olvidando su situación, le miraba estupefacta con los ojos muy abiertos, arrebatada a los intereses de su vida por el mágico poder del arte.
«¿Por qué esa mujer odiosamente maltratada no se substraía a sus tormentos? ¿por qué no huía de una vez del domicilio conyugal?, nos preguntaba el representante del ministerio fiscal. ¡Que respondan por mí las madres que en este momento me hacen el honor de escucharme! Ese monstruo había prometido a su infeliz esposa proseguir en su hijo los martirios que a ella le infligía si algún día le abandonaba. Y ésta no era una vana amenaza ¡no! Ella sabía bien de lo que era capaz porque ya se había asomado al abismo de su corazón y conocía sus negruras.»
Después, aludiendo al acto criminal que le había expulsado del ejército, decía:
«Si todo el peso de la ley cayera en aquella ocasión sobre ese hombre hubiera quedado en el presidio con una cadena al pie y su víctima no gemiría todavía largos años bajo el tormento de sus crueles tratamientos. Mas por un sarcasmo de la suerte el recuerdo venerado del general Reyes le arrancó del calabozo donde debería purgar su delito. El padre desde la tumba protegía al verdugo de su hija.»
Y cuando llegó a la escena final que dió origen al acto de Natalia tuvo frases aceradas que impresionaron hondamente al auditorio.
«En este momento aparece el rufián, el hombre de los diamantes en los dedos, que después de una noche de crápula viene todavía babeando de lujuria a comprar de ocasión la honra de una desgraciada mujer. Y el vendedor está allí, solícito, risueño, obsequioso, tratando de sacar el mejor partido de su mercancía. El ceñudo mercader de Damasco cuando lleva la esclava al mercado se desarruga, se muestra blando con ella para hacerla subir de valor. El comprador la examina atentamente mientras se come, se bebe y se fuma y al final desliza en los dedos del hediondo traficante algunos billetes que son el precio del honor de aquella mujer que un día, revestida del blanco velo de las vírgenes, ceñidas sus cándidas sienes con la corona de azahar, le hizo entrega de su cuerpo inmaculado y de su inocente corazón ante el altar.»