Por fin terminó su discurso con estas palabras que quedaron grabadas a buril en mi cerebro:
«Algunos de vosotros, señores jurados, tendrán o habrán tenido la dicha de ser padres. Vuestro corazón habrá saltado de gozo cuando al trasponer la puerta de casa escucháis la voz adorada de una niña que con gritos de alegría corre a recibiros; la levantáis en vuestros brazos, cubrís de apasionados besos su rostro amasado con rosas y leche, la sentáis sobre vuestras rodillas, acariciáis sus cabellos murmurando en su oído palabras de amor mientras ella os tiene pendientes y embelesados con su charla infantil y os hace olvidar por algunos instantes vuestras penas y cuidados. Allí está vuestro tesoro. Ninguna vigilancia os parece suficiente, ningún trabajo duro, ningún sacrificio bastante grande para asegurar a aquel ángel un porvenir dichoso... Pues bien, señores jurados, pensad por un momento que ese ángel caerá tal vez mañana en las garras de un sér diabólico que va a satisfacer sobre ella sus feroces instintos de crueldad, pensad que aquel afectuoso corazón, en vez de saltar de alegría como ahora al escuchar el ruido de la puerta se estremecerá de terror, pensad que aquellas cándidas mejillas donde tantos besos habéis depositado serán cobardemente abofeteadas, que aquellas tiernas manos que se introducían en vuestra barba acariciándola se verán cubiertas de sangrientos cardenales, que aquellos celestiales ojos en que os miráis retratados nunca dejarán de estar enrojecidos por el llanto, que de aquellos labios donde fluían frescas carcajadas que os inundaban de placer ya no saldrán más que gemidos. Y cuando esa criatura llegando al término de sus sufrimientos ya no pueda más, cuando un día impulsada por el instinto de conservación, que no abandona jamás a los seres vivos, pues hasta las aves más tímidas del cielo se defienden con su inofensivo pico, cuando un día sedienta de justicia arme su brazo con el arma de los débiles para inutilizar a su verdugo, entonces como un vulgar criminal se verá arrastrada a la cárcel y el representante de la justicia pública pedirá para ella la pena infamante del presidio... Pues bien, señores jurados, esa inocente criatura que os recibía con gritos de alegría, que saltaba sobre vuestras rodillas y acariciaba con sus dedos de rosa vuestras mejillas y gorjeaba en vuestros oídos palabras de amor, esa hermosa niña que en un día de ofuscación entregasteis a un miserable indigno de poseerla, esa joven escarnecida, martirizada, ultrajada de cuantos modos es posible, ya ha sido arrastrada a la cárcel, ya está en vuestro poder... Ahí la tenéis (apuntando a Natalia). ¡Condenadla!»
Un escalofrío corrió por toda la sala cuando sonaron estas vehementes palabras. El público guardó un silencio profundo y los ojos de todos se clavaron con ansiedad en los jurados. Estos, inmóviles y pálidos, tenían los suyos en el suelo. A mi lado oí murmurar a mis compañeros: «¡Está salvada, está salvada!» El corazón me dijo también: «¡Está salvada!»
—¿Tiene alguna otra cosa que alegar la acusada?—preguntó el Presidente.
—Nada, señor Presidente—respondió Natalia.
—Yo soy el que tengo algo que decir todavía—profirió una voz áspera, estridente, la voz de Céspedes.
Todas las miradas se volvieron con sorpresa hacia él.
—¿Qué es lo que usted tiene que decir?
—Tengo que decir que ese señor que de tal manera me acaba de insultar ha sido novio de mi mujer y ahora es su amante.
Se produjo un fuerte rumor en la sala, casi un tumulto. Moro y Natalia empalidecieron. Yo sentí que toda mi sangre fluía al corazón. «¡Está perdida!», me dije pasando en un instante de la alegría a la desesperación.