—¿Dice eso Tonico?—preguntó Guadalupe alzando la cabeza y mirando a su marido con expresión burlona.
—Sí; eso dice, y en mi concepto tiene mucha razón—respondió el General un poco desconcertado por aquella mirada.
—Es una prueba más del maravilloso ingenio que Dios se ha dignado conceder a Tonico—replicó la dama con tal acento sarcástico que el General enrojeció.
—No será un rasgo de ingenio, pero es una gran verdad... Por lo demás, ya sé de sobra que todo cuanto dice Tonico no tiene para ti sentido común.
—Perdona que haya puesto mis manos pecadoras sobre el arca santa—dijo Guadalupe con el mismo tono sarcástico.
—A mí no se me ha confiado ningún arca, pero tengo el deber de defender a mis amigos. Las mujeres rara vez procedéis con justicia, porque no razonáis vuestras simpatías o antipatías que son puramente instintivas.
—¿Esa reflexión es también de Tonico?
—No es de Tonico, es mía... Pero si lo fuese ¿qué?
—No es muy galante.
—Cuando se habla en general no hay falta de galantería, porque se deja siempre un hueco para las excepciones.