—No me enfado; pero defiendo el noble arte de la pesca de los ataques insidiosos que se le dirigen por quien no lo conoce o carece de aptitudes para practicarlo.

—Será todo lo noble y todo lo difícil que quieras, papá, pero debes convenir en que no es divertido.

—Si se tratase de la caza...—apuntó Guadalupe.

—¡Estáis en un error! En la pesca existen goces que no puede sospechar el que no la haya practicado. En primer lugar se respira el aire libre del mar, se contempla su vasta llanura unas veces en calma, otras agitada. Es un espectáculo desde luego más sublime e interesante que el de los jarales que ordinariamente recorre el cazador. Después hay el misterio, esto es, lo que más seduce al hombre en este mundo. Allá en las profundidades del agua, invisible siempre, se encuentra lo que apetecemos apresar. No sabemos si está lejos o cerca de nosotros; pero llega un momento en que la caña se dobla o en que el aparejo se estremece en nuestras manos. No podéis sospechar el sabor que tiene tan precioso instante para el pescador. Esta sensación única, que a nada se parece, compensa sobradamente la paciencia que hemos gastado esperándola. Luego comenzamos a ver al prisionero; no sabemos quién es ni cómo se llama, pero ya se vislumbra su bulto entre los cristales del agua. Al cabo aparece en la superficie: es una lubina, es un sollo, es un salmonete. ¡Con qué gozo le asignamos su nombre!

—Pero es un gozo bárbaro—manifestó Guadalupe—. El hombre en la caza y en la pesca se transforma en animal de presa, espía a su víctima, la engaña y cuando observa que ya no puede escapar ni defenderse cae sobre ella, como el gato sobre el ratón, o el ave de rapiña sobre el polluelo. ¡Es innoble!

—Tratándose de la caza, convengo en ello, querida. El cazador sorprende a un inocente pajarito que es todo alegría y cuya existencia semeja mucho a la nuestra. Tiene amores, siente celos, riñe combates con su rival, fabrica su nido, se extasía cantando como un artista y le impresiona, como a él, la belleza de los días espléndidos y de los paisajes luminosos... Pero un pez es un sér, cuya inconsciencia linda ya con la de la materia bruta: no ama ni aborrece; no conoce siquiera; es mudo; ningún grito denota su sensibilidad. Cuando sale del agua se le extrae el anzuelo, y pocos momentos después queda asfixiado. Aquí no hay sangre como en la caza, no hay nada cruento ni doloroso...

Así discutían placenteramente aquellas amables personas.

Yo seguía nadando en el cielo, y cuando hube satisfecho el instinto de nutrición que en aquella edad gritaba en mí de un modo alarmante, pensé con tristeza que pronto tendría que separarme de tan grata compañía.

Estaba encantado del padre y de la hija, pero la esposa me tenía fascinado. Haciendo todo lo posible para disimularlas le dirigía intensas miradas de admiración. ¿Pasaron inadvertidas? No lo creo. Desde que hay mundo ninguna mujer dejó de percibir la influencia de sus encantos sobre un hombre. Me miraba de vez en cuando cerrando un poco sus hermosos ojos con expresión de afecto, y sonreía. Era su sonrisa leve, dulce, graciosa, un poco enigmática como la que Vinci puso en los labios de su Gioconda.

—Por supuesto—añadió el General riendo—, toda esa sensibilidad de que hacéis gala para mí es música. Tonico tiene razón cuando dice que una mujer se desmaya viendo matar una gallina; pero se baña en agua de rosas cuando un enamorado se da un tiro en la frente por ella.