Yo debía de tener las mejillas encendidas, los ojos brillantes.

Sixto me miró con sorpresa.

—Es realmente una obra perfecta de la Naturaleza. ¡Qué delicadeza de facciones!, ¡qué cutis terso y nacarado, qué graciosos ademanes, qué voz penetrante!...

—¡Qué manos divinas!—exclamé paladeando interiormente aquel esbozo de beso que había gozado.

—Además hay en sus ojos una expresión de firmeza y candor al mismo tiempo que la hace por extremo interesante. Se adivina detrás de aquellos ojos un espíritu sincero, altivo, leal. Sus palabras y sus gestos manifiestan una gran vehemencia de sentimientos y una dignidad inflexible. Cuando ame, amará de una vez y para siempre. ¡Feliz el hombre que logre hacer suyo ese tierno capullo de rosa!

Estas últimas palabras me sorprendieron.

—Pero, ¿de quién estás hablando?

—¿De quién he de hablar? De la hija de Reyes.

—¡Yo pensé que te referías a su mujer!

Nos miramos los dos un instante y soltamos a reír.