—Soy mejor persona que tú—me dijo Moro—, porque amo lo lícito no lo prohibido.
Convine en ello y proseguimos todavía largo rato cantando alternativamente la belleza de aquellas singulares mujeres.
Se habían despedido hasta el día siguiente, y Moro me pidió permiso para asistir a esta segunda entrevista. Yo se lo concedí con tanto más gusto cuando que ya conocía sus preferencias y no podía existir rivalidad entre nosotros.
Con la alegría de dos niños traviesos comenzamos a disponer los preparativos para recibirlas dignamente. Obligamos a Doña Encarnación a que nos prestase su concurso: se cambió la colcha de mi cama, exageradamente modesta, por otra de seda que Doña Encarnación guardaba en el armario desde sus buenos tiempos de novia; se trasladó un tapiz de la sala a mi cuarto; se limpió con esmerada prolijidad el gabinete; Moro compró flores y se colocaron en dos macetas sobre la mesa; yo envié por una caja de bombones y también se puso abierta y como al descuido al lado de la maceta.
¡Cuánto gozábamos! ¡Cómo reíamos al disponer estos homenajes! Moro invitaba a Doña Encarnación a que se vistiese el traje de gala y saliese al portal a recibirlas; otras veces le proponía que alfombrase el pasillo; otras que hiciese venir un clarinete amigo suyo para que tocase un solo mientras durase la visita. La pobre mujer tomaba en serio alguna de estas proposiciones y nos hacía estallar en carcajadas.
Aquella noche dormí agitadamente. Sin embargo, me encontré muy bien por la mañana, limpio de fiebre y con deseos de levantarme. No lo hice, como puede presumirse, y desde las ocho ya estaba preparado a recibir la celestial visita. No se efectuó hasta las once. El pobre Moro sufrió una decepción. Vino solamente Guadalupe. Natalia no había podido salir de casa por hallarse ocupada en copiar ciertos escritos que su papá necesitaba con urgencia.
La visita de la hermosa dama fué brevísima. Se informó afectuosamente del estado de mi salud, se mostró muy satisfecha de la mejoría y para consolidarla me prohibió que me levantase aquel día. Luego se sentó, y levantándose al instante se acercó a mi lecho con ademán de despedirse. Me puso la mano sobre la frente como si quisiera cerciorarse de que estaba completamente limpio de calentura y después la colocó tranquilamente sobre mis labios y la mantuvo allí un segundo. Pero en este segundo tuve tiempo a darle más de cuarenta besos.
Renuncio a expresar qué ensueños alados, qué locas imaginaciones ocuparon mi cerebro en los días siguientes. Viví en un estado tal de agitación feliz, que llegó a causarme daño. La dicha cuando es demasiado intensa se hace dolorosa.
Me puse bueno rápidamente. Cuando llegó el sábado tomé las precauciones que juzgué indispensables respecto a mi cabellera, mi camisa y mis puños, y me presenté en casa de Reyes como el general que penetra en una plaza que acaba de capitular.
Sin embargo, mi rostro expresaba, cuando penetré en el comedor, no la insolencia de un grosero advenedizo a quien el azar pone en las manos una fortuna inmerecida, sino la dulce serenidad del héroe acostumbrado a vivir en compañía de la victoria.