Todos me acogieron con alegría. Hasta el frío Grimaldi me dirigió una leve sonrisa de felicitación por mi restablecimiento. Aunque yo participase ya de la antipatía que inspiraba a Guadalupe (como estaba dispuesto a participar de todas sus opiniones y sentimientos), no pude menos de corresponderle con efusión.

Porque la efusión rebosaba de mi alma en aquellos momentos. Mi corazón triunfante, desbordando de felicidad, contemplaba la creación entera, los hombres y las cosas con un igual sentimiento de benevolencia generosa.

Mi primera mirada a Guadalupe fué rápida, discreta, pero de una intensidad tal, que debió iluminar su alma como un brillante relámpago.

La que ella me dirigió fué mucho más discreta aún. Si hubo iluminación, fué tan rápidamente extinguida, que no dejó señales. No pude leer otra cosa en ella que aquel tierno y molestísimo sentimiento maternal que desde un principio me había dedicado.

La segunda, menos rápida, menos discreta y más intensa aún, no obtuvo tampoco resultados visibles. La hermosa señora de Reyes me miró atentamente al rostro y me preguntó con interés:

—Supongo que seguirás tomando por las noches la tacita de tila con azahar que te he recomendado.

—¡Señora, déjese usted de tila y azahar, y recordemos los besos que le he dado!

Esto respondí, no con los labios, sino con el pensamiento.

En efecto, había tomado la tila y me había probado perfectamente. Después se informó si llevaba sobre el pecho una franela, como me había recomendado igualmente. Sí; llevaba sobre el pecho aquella franela. Cuando se hubo enterado de estos pormenores pareció quedar enteramente satisfecha.

Pero yo no lo estaba, ¡rayo de Dios, no lo estaba! Al contrario, me sentí repentinamente tan triste y desmayado, que mi rostro debió expresarlo claramente.