Entre mis condiscípulos de la Facultad de Ciencias intimé particularmente con uno llamado Martín Pérez de Vargas. Era un joven de singular talento y aplicación. Trabé con él amistad un día en que, por encargo del catedrático, hizo el resumen de las explicaciones de la semana. Llevó a cabo su cometido con tanto acierto y claridad y palabra tan elegante, que cuando salimos de clase no pude menos de felicitarle calurosamente.

Soy vehemente para expresar mi opinión adversa cuando cualquier cosa o persona me disgusta. Quizá por eso habré pasado alguna vez por envidioso. Juro, sin embargo, que jamás maldecí de aquello que me pareció bien, y que, por el contrario, creo haber pecado casi siempre por exceso de entusiasmo tratándose de aquellos amigos en quienes reconocía algún mérito.

Pérez de Vargas unía a su claro talento un gran atractivo físico. Era rubio y tenía hermosos ojos azules, donde se leía a la vez la inteligencia y la lealtad de su espíritu. Sus facciones correctas, su tez delicada y tersa, su figura esbelta. Vestía con elegancia y sus modales eran distinguidos, revelando una educación esmerada. Pertenecía a una aristocrática familia muy conocida en Madrid y habitaba un viejo palacio en una de las calles próximas a la de San Bernardo donde se halla situada la Universidad.

Nuestra amistad se satisfizo al principio con pasear juntos por los corredores en los intervalos de las clases. Muy pronto, sin embargo, advirtiendo mi inclinación al estudio y mi entusiasmo por la ciencia me llevó a su casa y me mostró los tesoros científicos que había acumulado.

Era su casa, como he dicho, un viejo palacio bastante deteriorado y sucio por fuera. Dentro era otra cosa. El portal adornado con plantas, la escalera alfombrada. El portero era un enano imponente con luenga y espesa barba gris, larga levita azul y sombrero de copa; los criados vestían de frac y corbata blanca.

Pero mi amigo, aunque pertenecía a la casa, no disfrutaba mucho de sus suntuosidades ni gozaba de gran preeminencia en ella a lo que pronto logré entender. Marchando sigilosamente sobre la punta de los pies y recomendándome el mismo silencio me condujo, después de atravesar algunos amplios pasillos del piso principal, por una estrecha escalera a una especie de camaranchón o desván con dos ventanillas sobre el tejado y una claraboya en el techo.

Pérez de Vargas había hecho de esta pieza su cuarto de estudio y su museo. Estaba amueblado con un sofá viejo y cojo, algunas sillas viejas y cojas también, una mesa-escritorio vieja, y adornado con algunos cuadros viejos. Los tesoros científicos de que he hablado se hallaban esparcidos sin orden ni clasificación alguna por el suelo. Se componían de algunos frascos llenos o mediados de disoluciones viscosas de diferente coloración, muchos y grandes pedruscos de fea catadura, y de un gato disecado de más fea catadura aún.

Pérez de Vargas era apasionado de las ciencias naturales, particularmente de la Geología, y aprovechaba los domingos para hacer excavaciones por los alrededores de Madrid. Casi siempre venía cargado de piedras preciosas, no para el adorno de las damas, sino para el conocimiento de los diferentes aspectos que había presentado en su evolución nuestro planeta mirado desde Vallecas y para el estudio de la vida y milagros de nuestros antepasados trogloditas. Pérez de Vargas había descubierto que el arroyo Abroñigal había sido en tiempos prehistóricos un río caudaloso tan grande como el Misisipí. Desde que me comunicó tan importante descubrimiento yo no podía saltar este reguero sin sentirme penetrado de respeto.

Además había encontrado en las afueras de la villa, cerca de la Moncloa, algunas capas de lava porosa que en su opinión era de origen ígneo. Esto le hacía presumir que en Madrid había existido un volcán en los tiempos siluriano o devoniano. Nada tendría de extraño, porque los periódicos conservadores decían todos los días que vivíamos sobre un volcán.

Acontecía que los criados, no versados en tales estudios, y que ignoraban enteramente la génesis de nuestro planeta, le tiraban a la calle algún trozo de roca plutónica o de esquisto cristalino como si se tratase de cualquier vulgarísimo canto rodado. Pérez de Vargas experimentaba un vivo dolor y protestaba con toda la indignación de sus convicciones científicas. Pero aquellos malhechores de corbata blanca apenas le escuchaban o lo hacían con sonrisa de conmiseración despreciativa.