¿Por qué esta sonrisa desdeñosa aparecía en los labios del servicio doméstico de la casa de Pérez de Vargas cada vez que tropezábamos con uno de sus individuos en los corredores?

No por otra razón sino porque Martín era el último vástago de aquella noble familia.

Su hermano mayor se acercaba ya a los cuarenta años y era comandante de artillería; el segundo, que pasaba de los treinta, era capitán del mismo cuerpo facultativo; después venía una cola del género femenino, compuesta de cinco niñas, Rosalía, Caridad, etc., hasta llegar a Mercedes que contaba veintiún años, tres más que mi buen amigo y condiscípulo.

Esta familia hacía algún papel en la alta sociedad madrileña. Particularmente las cinco ninfas brillaban y centelleaban como claros luceros en los teatros, paseos y conciertos y en todos los bailes, tes bridge y five o clock, del gran mundo. Los cronistas de los periódicos no omitían jamás sus nombres.

Que estas cinco jóvenes tenían el propósito firme de encontrar cinco maridos no era un secreto para nadie. La razón de por qué no los habían hallado hasta entonces, ya estaba más oculta.

Sin embargo, en la Universidad, donde no sólo se aprenden teorías y clasificaciones científicas, sino que hay tiempo de averiguar los recursos pecuniarios con que cuentan las familias de los estudiantes, se decía que la casa de Pérez de Vargas estaba arruinada y que si no venía pronto un marido rico a ponerle algunos puntales no tardaría en desmoronarse.

Al mismo tiempo, aunque todo el mundo reconocía que vestían con elegancia, ninguna de ellas llamaba la atención por su hermosura. Un estudiante bromista me dijo un día al oído que la más bonita de las niñas de Pérez de Vargas era Martín, nuestro condiscípulo. En efecto, su belleza era tan acabada, y al mismo tiempo tan femenina que si hubiese cambiado su rostro por el de una de sus hermanas ésta hubiera realizado un negocio magnífico.

Pero si su frente era tersa y pura como la de una Venus helena, los pensamientos que bajo ella germinaban no podían ser más viriles. Mi amigo Pérez de Vargas aspiraba nada menos que a dejar huellas profundas en la historia de la ciencia: hablaba de hacer viajes exploradores por el Africa Central, de reconocer por sí mismo los estratos terciarios de los Andes chilenos y los silurianos de Noruega, de estudiar concienzudamente los fósiles marinos pertenecientes a especies extinguidas. Sobre todo tenía en su corazón el propósito inquebrantable de dar a conocer al mundo los restos de un colmillo de elefante y de algunos molares del mismo animal que había tenido la dicha de encontrar en el cerro de San Isidro.

Allá en las soledades de su estudio-desván pasábamos a veces largos ratos hablando de estos y otros proyectos, haciendo experimentos de física o trasegando disoluciones de un frasco a otro. Hasta nosotros llegaban las notas alegres del piano y el ruido del bailoteo del salón, que escuchábamos con indiferencia desdeñosa. Eramos unos sabios y aquel mundo frívolo que allá abajo se agitaba no excitaba en nosotros más que desprecio y compasión.

Pero el mundo frívolo pagaba con creces nuestro desdén y hasta sospecho que se reía de nuestro ardiente deseo de saber. Un mozalbete de los que bailaban y representaban charadas en los salones de Pérez de Vargas, un día que nos tropezó en la calle habló a mi amigo con tal tono de superioridad protectora, que me sorprendió y me irritó lo indecible. Esta sorpresa aumentó notablemente cuando Martín me hizo saber que aquel mequetrefe, que sólo contaría cuatro o cinco años más que nosotros, había intentado seguir tres carreras y en todas tres se había quedado atascado a la puerta sin lograr aprobar el primer curso. Aún no había averiguado que en una sociedad brillante, pero inculta, el hombre culto es objeto siempre de aversión y desprecio.