La calle había quedado desierta. Las tiendas y las puertas de las casas se habían cerrado hacía tiempo. Los comerciantes y porteros, sabiendo ya por experiencia en lo que paraban estas manifestaciones estudiantiles, en cuanto vislumbraban una se apresuraban a echar el cerrojo.

En un principio imaginé que Martín había caído al suelo por virtud de un golpe de plano; pero al levantarle observé con horror que estaba cubierto de sangre. Entonces llamé con todas mis fuerzas en la puerta de la tienda que tenía cerca, pidiendo socorro. Al cabo de unos momentos, un dependiente asomó la nariz por una estrecha rendija y paseando sus ojos investigadores por el ámbito de la calle y cerciorándose de que el peligro había desaparecido, abrió a medias la puerta, alzamos entre los dos al herido y lo metimos dentro. No había perdido el conocimiento, pero soltaba bastante sangre y como ésta le corría por la cara, el efecto no podía ser más aflictivo. Después que hicimos vanos esfuerzos por restañársela con un pañuelo y con una toalla, el dueño del comercio y sus dependientes opinaron que debíamos conducirlo a la botica más próxima.

Así lo hicimos, y el farmacéutico, que ya tenía abierta la puerta, aunque no el escaparate, se apresuró a bañarle la herida con un líquido astringente que detuvo la sangre; pero me aconsejó que lo llevase a la Casa de Socorro. Echadas mis cuentas, vi que ésta se hallaba bastante más lejos que la suya y en consecuencia decidí transportarle a su propio domicilio, y él así me lo rogó también. Corrí a la plaza de Santo Domingo donde había puesto de coches de punto, me metí en uno, vine a la farmacia y acomodando en él a mi amigo, di las señas al cochero del palacio de Pérez de Vargas.

En pocos momentos llegamos delante de la puerta. El enano hirsuto y severo de la portería nos recibió sin conmoverse ni ceder un punto de su severidad. Hizo sonar un timbre, bajó un criado y tampoco éste pareció dar señales de sobresalto y dolor viendo a su joven señorito con la frente vendada y con señales de sangre en la venda. Lo que hizo fué subir apresuradamente la escalera y enterar a la familia de que Martín había sido herido por un guardia en un motín de estudiantes.

Cuando llegamos arriba salieron la señora de Pérez de Vargas, mamá de mi amigo, y dos de sus elegantes hermanas. La mamá se conmovió al verle tan pálido y herido.

—Hijo mío, ¿qué has hecho?—exclamó poniéndole las manos sobre los hombros.

—¿Qué había de hacer? ¡Alguna tontería de las suyas!—respondió agriamente una de sus hermanas.

—¡Como si lo viera!—corroboró la otra con no menos acritud.

—¡A ver, Gabino, corre inmediatamente a casa de Huerta!... No, no avises a Huerta, que está muy lejos... Aquí en el número siete hay un médico. Pregunta al portero. Dile que venga contigo sin pérdida de tiempo—profirió la señora temblando de emoción dirigiéndose al criado mientras besaba a su hijo y le empujaba suavemente hacia las habitaciones interiores.

Pero en aquel momento salieron al ruido las tres ninfas que restaban, se pusieron al tanto de lo que ocurría, y sin compasión alguna comenzaron a pronunciar ásperas palabras contra mi pobre amigo.