—¡Bien empleado te está!—decía una.

—¡Eso es!—replicaba otra—. Estos chicuelos son insufribles, siempre armando alborotos.

—Y faltando al respeto a los profesores.

Yo estaba escandalizado de aquella dureza injustificada. Quise hacerles entender que nosotros no habíamos tomado parte en el motín, y sólo por una circunstancia fortuita había sido herido mi amigo. Aquellas elegantes arpías me atajaron con unas miradas tan furiosas y despreciativas que las palabras expiraron en mis labios. Avergonzado y confuso, cuando vi que todas me volvían la espalda, me puse el sombrero y bajé apresuradamente la escalera.

Cuando llegó el fin del curso, repasamos juntos nuestras asignaturas: en los últimos días resolvimos velar hasta la madrugada. Al efecto, después de cenar me iba a su casa. Sobre la mesa de su cuarto se hallaba, a más de los libros, una maquinilla para hacer café.

Es cosa sabida por todos que este producto ultramarino desvela y aguza la memoria. Lo confeccionábamos, pues, con prolijo esmero y bebíamos algunas tazas. El resultado no correspondía siempre a nuestro propósito. Más de una vez y más de dos a la media hora de ingerirlo roncábamos ambos de bruces sobre la mesa.

Aquel fué el primero y último curso que estudiamos juntos. En uno de los primeros días del segundo llegó a la Universidad triste y abatido, y me comunicó con voz apagada, que por exigencias de su familia se veía obligado a dejar la carrera de Ciencias y prepararse para entrar en la milicia. Con prudente vaguedad me dió a entender que los negocios de su casa no marchaban muy bien y que necesitaba pronto ponerse en condiciones de ganarse la vida por sí mismo. Había elegido la carrera de ingeniero militar como más compatible con el cultivo de las ciencias que amaba y no quería abandonar.

Pronto averigüé, como averiguó todo Madrid, la ruina y caída de la Casa de Pérez de Vargas. Sus acreedores se habían echado sobre ella, y no sólo sus bienes, sino hasta el mismo viejo palaciote había quedado en su poder. Sus hermanos varones permanecieron en Madrid, pues aquí tenían sus destinos: los papás y las hijas se habían ido a vivir a cierto lugarcillo de una provincia lejana donde un hermano de la señora les había dejado una casa y algunas pequeñas rentas para sostenerse. Allí fueron a refugiar su desnudez aquellas cinco elegantes que tanto esplendor habían dado a la corte.

Martín quedó aquel año en Madrid preparándose para el ingreso en la escuela. Después se fué a Guadalajara y no volví a verlo en muchos años.

VI
LA GLÁNDULA DEL ATEÍSMO