—Sí—le respondí con alguna vacilación—; le gusta mucho la música y la literatura... pero le habrás visto en las alturas, porque todavía no puede permitirse el lujo de una butaca.
—Eso demuestra que es un sincero aficionado—replicó graciosamente—. La mayoría de los que vamos a butacas y a palcos no asistimos al teatro por el drama o por la ópera que representan, sino por ver gente, por exhibirnos, por pasar el rato.
Repetí estas palabras a Moro y le causaron muy grata impresión. El espíritu grave, recto y sincero de Natalia se adivinaba al través de ellas.
—¡Ya ves cómo no adoro a una muñeca!—exclamó con los ojos brillantes de alegría.
Se hizo más cauto, sin embargo, y redobló sus precauciones para no ser visto por ella.
¡Qué placer infinito le causé un día que le traje la rosa que Natalia había llevado sobre el pecho en el teatro! Se le había caído cuando salimos. Yo la recogí del suelo y quise entregársela.
—Tírala, no sirve ya para nada.
—Es lástima—le respondí—; me quedo con ella.
—¡Con tal que no te sirva para hacer alguna conquista!
—Bueno, se la regalaré a mi patrona Doña Encarnación, a ver si consigo que se ablande.