—¿Qué estás diciendo?—exclamó, mirándome con espanto.
—Sí; que se ablande el beefsteak que nos sirve en el almuerzo.
Soltó una fresca carcajada. El General y Guadalupe se volvieron, y mi palabrita, repetida por Natalia, obtuvo un gran éxito.
El pobre Moro quiso volverse loco de alegría cuando le entregué esta rosa. Me hizo jurar que no le engañaba, que había estado, en efecto, sobre el pecho de su amada. Una vez convencido se entregó a tan graciosos extremos de alegría, que pasamos un rato delicioso. La colocó en un pequeño florero, se arrodilló delante de ella, se puso a cantar el Tantum ergo y a guisa de incensario quemó en su honor algunas hojas de papel de Armenia. Después la llevó con toda solemnidad a su cuarto y, haciendo previamente grandes y repetidas genuflexiones, la encerró en su armario, prometiéndome que de vez en cuando la «pondría de manifiesto», sonando antes la campanilla para que todo el mundo de la casa viniese a adorarla.
¡Cuánto nos hacían reír estas bromas! Nos hallábamos en la edad dichosa en que se ríe con las alegrías y también con las penas.
Como ejemplo igualmente de que el humor jocoso de Moro no se había extinguido por la pasión sin esperanza que le había cogido, contaré una chanza que por aquellos días nos hizo reír mucho.
Algunas noches, después de comer, los primos Mezquita solían arrastrarnos consigo al Café de Madrid.
En aquel tiempo se juntaban por las noches en este café los enemigos más caracterizados que el Sér Supremo tenía en la capital de España. La mayor parte eran estudiantes de Medicina. Había también muchos dependientes de comercio y algún que otro borracho sin profesión conocida.
Se hallaba situado entonces frente al Ministerio de Hacienda. A un lado de la puerta de éste aparecía un gran letrero en negro, trazado con brocha gorda, que decía: «Cayó para siempre la raza espúrea de los Borbones.» Al otro lado decía: «Justo castigo a su perversidad.» Estos renglones fatídicos, que podían leerse a la luz de los faroles, contribuían no poco a mantener vivo el espíritu revolucionario en el café.
Todo el mundo era rebelde en el Café de Madrid: el dueño, los mozos, la clientela. Si por casualidad se deslizaba allí algún incauto monárquico, pronto se marchaba escandalizado por los conceptos sediciosos que se vertían en voz alta.